El relato o cuento largo, es una forma de narración, cuya extensión en número de páginas es menor que la de la novela.
Grandes autores como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Jack London, Franz Kafka, Howard Phillips Lovecraft, Truman Capote y Raymond Carver, han demostrado la calidad indiscutible de sus relatos y las posibilidades literarias de este género.
Emilia Pardo Bazán, es la introductora del naturalismo en España, con su obra Los pazos de Ulloa (1886-1887), nos describe una patética pintura del decadente mundo rural gallego y de la aristocracia, estilo que continuara en La madre naturaleza (1887). A su extensa colección de novelas, añadió, varios libros de cuentos y relatos: Cuentos de la tierra (1888), Cuentos escogidos (1891), Cuentos de Marineda (1892), Cuentos sacroprofanos (1899).


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Cuentos Largos y Relatos

La mirada, de Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazán Por asuntos de la gran Sociedad industrial de que yo formaba parte, hube de ir varias veces a M***, donde nadie me conocía, y a nadie conocía yo. Durante mis breves residencias en la mejor fonda pude, desde mi ventana, admirar la hermosura de una señora que vivía en la casa de enfrente. Desde mi observatorio se registraba de modo más indiscreto su tocador, y yo veía a la bella que, instalada ante una mesa cargada de frascos y perfumadores, contemplándose en el espejo, peinaba su regia mata de pelo color caoba, complaciéndose en halagarla con el cepillo, en ahuecarla y enfoscarla alrededor de su cara pálida y perfecta. Cuando acababa de morder las ondulaciones laterales el último peinecillo de estrás, sonreía satisfecha, alisando reiteradamente, con la mano larga y primorosa, el capilar edificio. Después se pasaba por la tez, suavemente, la borla de los polvos; se pulía las cejas; se bruñía interminablemente las uñas con pasta de coral; se probaba sombreros, lazos, cinturones, piquetes de flores, encajes, que arrugaba alrededor del cuello; en suma: se consagraba largas horas a la autolatría de su beldad. Y clavado a la ventana por el incitante espectáculo, encendida la sangre a profanar así la intimidad de una mujer seductora, nacía en mí otra curiosidad, el ansia de conocer su historia, en la cual, sin duda, habría episodios pasionales, goces, penas, recuerdos...
Me estremecí, por consecuencia, al oír una noche, en la mesa redonda, que pronunciaban su nombre, que la discutían... Me alteré, como el cazador al sentir rebullir en el matorral la pieza que aguarda. Motivaba la conversación el haber dicho monsieur Lamouche, el viajante francés en joyas, que pensaba pasar a casa de la belle Madame... -aquí el apellido, que no entregaré a la publicidad- para ofrecer su stock, esperando importante venta.
-¡Ni que lo piense usted! -objetó uno de los comensales, señorito venido de un pueblo próximo a pasar el día alegremente en M***-. Conozco de sobra al marido de Tilde, que es prima mía allá... no sé por dónde..., y desde que le regaló a su mujer el aderezo de boda, se acabaron los despilfarros. ¡Sí, a buena parte! Más tacaño que las hormigas...
-¿Será -observó chapurreando, el viajante- que el esposo se entender mal con su dama, la cual es sí bonita y le trompará, allons, todo naturalmente?
-¡Ojalá! -suspiró, en chanza, el señorito-. Si a Tilde la diese por ahí, soy capaz de apuntarme en lista con el número uno, así me rompiese la crisma el dueño legal. ¡Al contrario! Tilde no ha dado jamás que decir ni esto... No niego que esté engreída con su hermosura; lo está y mucho; pero su única pasión es la compostura, el adorno. La disloca, más que hacer conquistas, que rabien las otras mujeres ante la elegancia. ¡Bah! Si en algo hubiese delinquido, aunque sólo fuese en una mirada, se sabría. En los pueblos relativamente pequeños no quedan ocultas esas cosas... Y la que entrega la mirada, lo entrega todo... Les repito a ustedes, y cualquiera se lo repetirá, que Tilde no sólo es intachable, sino glacial e inexpugnable.
Los demás comensales confirmaron el aserto del señorito.
-Entonces -insistió el francés, que no perdía de vista su negocio-, si ella ama tanto la toilette, yo traigo cosas deliciosas...
-¡Tiempo perdido! No se ablanda el cónyuge... ¡Es un sucio! ¡Tener una mujer así, y sujetarla a una mensualidad exigua para sus trapos! Merecería...
Al final de la plática, que aún se prolongó verbosamente, latíame el corazón, las arterias me zumbaban: una idea extraña acababa de ocurrírseme. El señorito y los restantes huéspedes se fueron al teatro, y solo ya con monsieur Lamouche, que gustaba de mi conversación porque hablábamos corrientemente en francés, le hice la proposición, y en vez de negarse en seco -lo que yo temía-, la aceptó y aun la celebró regocijado, haciendo en el aire además de pegarme en el vientre una palmadica.
-¡Oh! ¡Ma foi! Muy bonito, muy español está eso... ¡Como en los romances, sapristi! Sólo le pido de no comprometerme, de tener prudencia...
Conviene saber que el viajante me conocía de antiguo; me respetaba como a persona metida en altos negocios, y estaba muy hecho a distinguir la gente seria de los tramposos, en su peligroso oficio de traficante de artículos superfluos, que todos desean poseer y todos repugnan pagar. Rehusó la fianza que quise entregarle, y puso en mis manos dos cajas de zapa negra, rellenas de sus preseas mejores. Y, con las cajas bajo el brazo y el alma en un hilo, subí la escalera de la casa de Tilde, a quien, por fin, iba a ver de cerca, a solas quizá, en la misma habitación-templo de su hermosura... Sólo esto me proponía: verla, respirar su hálito de ámbar, y que acaso nuestras manos se rozasen un momento al manejar las joyas... Y me anunciaron, y, efectivamente, pasé al tocador, deslumbrado ya, mareado, febril...
Envolvía a Tilde una bata que yo conocía, de seda flexible, gris, plegada, con tanto encaje amarillento, que apenas se veía la tela. ¡De cerca era más divina aún la beldad! En su lotería se pagaban aproximaciones... No sé qué ambiente luminoso y embriagador la rodeaba; no sé qué efluvios sutiles, delicadísimos, se desprendían de su cuerpo joven, perfumado, libre y suelto como el de las estatuas helénicas dentro del amplio plegazón del ropaje... Turbado y dominando mi turbación, abrí las cajas y presenté el surtido. Salieron brazaletes y orlas, cadenas y pinjantes, lanzaderas, sartas y «perros» endiamantados, que ella cogía, tocaba, probaba, se colgaba, se ceñía, con leves chillidos y exclamaciones de placer. Todo le gustaba; mirábase al espejo, hacía jugar las manos, ensortijadas, a la luz que entraba por la ventana, la ventana indiscreta, reveladora. No me veía; yo era para ella el escaparate, lo menos que secundario, lo accesorio.
Al fin, entre diversas tentaciones, una más fuerte se clavó en su alma femenil. Un collar, de brillantes y perlas peraltadas, un antojo ya antiguo, sin duda, y cuya falta, en su estuche-joyero, la había desconsolado mil veces, fijó sus ojos, súbitamente entristecidos, y su voz se volvió opaca y tímida para preguntar:
-¿Cuánto?...
Lancé el precio -me había enterado bien-, y vi apagarse sus pupilas oscuras, lucientes de deseo y codicia. ¡No tenía dinero para la ansiada joya! Entonces, un chispazo de mi voluntad ardió en mí. No razoné: murmuré, con silbo serpentino al pie del árbol del Mal:
-Si la señora gusta del collar..., hay mil maneras... Damos toda clase de facilidades... El pago no es urgente... Una cantidad al mes, por ejemplo...
Levantó lentamente la cabeza, y por primera vez me miró. Su olfato fino, su sagacidad de Eva habituada a la adoración, percibió en mi balbuceo «algo» más allá de las cláusulas que pronunciaba. El temblor del alma se filtraba al través de las vulgares ofertas comerciales, como rezuma el agua por el búcaro. Con los ojos respondí a los suyos, que interrogaba sin querer; los puñales, buidos, crueles, de nuestro espíritu, se cruzaron en forma de ojeada larga y significativa... «No ha delinquido ni con una mirada...». «La que entrega la mirada, lo entrega todo». Recordé esta frase del señorito, y al recordarla, me deslumbró más aún aquella luz diabólica que llegaba adentro, al fondo de mi ser de hombre apasionado, caprichoso, en la plenitud de la edad... Y seguro de que al mirar de Tilde no le añadirían sentido alguno las palabras en un diccionario entero, me incliné y le tendí al mismo tiempo mis brazos y collar, abrochándolo tiránicamente a su garganta, tembloroso de enredarme los dedos en la regia mata de pelo y caoba, viva y eléctrica...
Me costó algo cara Tilde. A joya por entrevista... No obstante, jamás lloraré aquellos miles de francos, porque, al volver años después a M***, supe que la hermosa -siempre hermosa, pues parecía poseer un secreto y conservarse entre nieve- seguía pasando por mujer inexpugnable, que ni con la mirada...

El llanto, de Emilia Pardo Bazán

¡Qué hermosa era la princesita! Robadle a la primavera los matices de sus rosas pálidas, y tendréis su cutis; al mar meridional su azur líquido, y tendréis sus pupilas, a la seda nativa su áureo y fino tusón, y tendréis la mata de su pelo. Y tomad (si sabéis dónde encontrarlas) las virtudes dulces y frescas de un alma de flor: la piedad, la ternura, la generosidad, el amor ideal hacia todos los humanos, y tendréis el espíritu celeste de la princesita hermosa.
Esta perfección era justamente lo que traía muy inquieto al rey, su padre. No tenía otra hija sino aquélla, y habíala conseguido tarde ya, cuando llegaba al límite que separa la madurez de la vejez; por lo cual hubiese anhelado resguardar con un fanal a la princesita, elevar alrededor suyo paredes de acero y, sobre todo, recubrir su corazón tierno, palpitante de presentimientos y de emociones sagradas, con la triple coraza de cuero batido del egoísmo, la indiferencia y la soberbia.
-Padre y señor -dijo un día la princesita, colgándose del cuello del rey-, si es verdad que me quieres, que deseas complacerme y hacerme la vida dichosa, permíteme que la dedique a consolar tanta desgracia como debe de existir en el mundo. No las he visto, porque tú me rodeas de esplendor y alegría y a mi alrededor se alza el bullicio de las risas y las canciones, pero yo adivino que lo habitual por ahí fuera será la desgracia, y que yo podría mitigarla quizás acercándome a ella.
-Ni lo imagines -gritó el rey con violencia amante-. Nada remediarías, y sufrirías en cambio infinito dolor. Cree en mi experiencia, y vive por encima de la muchedumbre miserable: vive alta, vive lejos; ni la mires ni la oigas. ¿No tienes fe en tu padre? Pues ahora mismo van a venir los sabios para que les consultes. ¡Ya verás si su consejo está de acuerdo con el mío!
Llegaron, en efecto, los sabios, y se formaron en semicírculo ante la princesita, que contemplaba con cierto asombro sus caras marchitas por el estudio, sus barbas desaliñadas y grises, sus ojos hundidos, de párpados abolsados protegidos por las gafas de plata, y sus frentes rugosas, que la calvicie hacía vastas y claras como lunas.
-El hombre -opinó el profesor de Antropología- no merece que nadie se moleste por él. Al hombre le quedan múltiples rastros y estigmas de su primitiva animalidad, el hombre es un lobo para el hombre, y su instinto y ley es la guerra de todos contra todos por la existencia. El hombre natural y verdadero es el salvaje, una fiera criminal.
-El hombre -opinó el profesor de Sociología- se encuentra aún en los comienzos de su evolución, lenta y trabajosísima, hacia un estado menos imperfecto que el actual. Lo que se hace por mejorar su condición equivale a soltar un chorrillo de agua dulce en las olas del Océano para desamargarlas. Transformaciones incalculables, la acción de siglos sin cuento, requerirá la obra de remediar en parte las deficiencias de nuestra organización social presente. ¿Y quién sabe si muchas de estas deficiencias son irremediables? La ciencia verdadera teme afirmar demasiado.
-El hombre -opinó el profesor de Psicología y Moral- paga con ingratitud y a veces hasta con odio el bien que se intenta hacerle. Su instinto, en este particular muchas veces acertado, le dicta que es rarísimo el desinterés, y que la beneficencia se ejerce, por lo general, con algún fin útil al mismo bienhechor. Y a los bienhechores del todo altruistas los desprecia en el fondo de su alma, porque la razón le grita: «No serías tú tan inocente».
-El hombre -opinó el profesor de Higiene- es una cloaca y una sentina. Para guardar la salud, nuestra época adelantada no ha sabido discurrir cosa mejor que lo discurrido por nuestros abuelos: el aislamiento. Feliz el que puede, como nuestra encantadora princesita, habitar lejos de toda infección y de todo contagio, respirando aire a torrentes embalsamado y puro, bebiendo agua de rosa que conducen cañerías de cristal. Donde se reúne gente pobre, acecha el germen maléfico, el mortal bacilo.
-El hombre -opinó el profesor de Estética- es la cosa más repulsiva que imaginarse puede, si le faltan condiciones para hermosear y robustecer su organismo desde la niñez. La educación griega era la única racional. La muchedumbre menesterosa causaría horror a la divina princesa si a ella tuviese el mal gusto de aproximarse. Que se recree en el arte, en la belleza eterna, noble y pura de los cuadros y las estatuas, en la armonía de los instrumentos, en la cadencia de los versos que se enlazan y se huyen como parejas de diestros danzadores... Que no profane sus ojos posándolos en la ruindad y degradación de las formas, en la fealdad, en la desproporción, en la chusma.
-¿Has oído? -advirtió el rey a su hija, la cual, con los ojos bajos, las manos oprimiendo el agitado seno, los labios cerrados, escuchaba la sentencia silenciosamente.
Aquella misma noche la anciana nodriza de la princesita, al acercarse a su cama para arreglarle la ropa, advirtió que por las mejillas tersas de la virgen corrían lágrimas abundantes, un río de llanto.
-¿Quién te ha hecho mal, niña? -preguntó la vejezuela cariñosamente.
-Nadie... Nadie ha querido hacerme mal.
-Pues tú lloras... Es la primera vez que te veo llorar así.
-Es que estoy infinitamente triste, ama... -contestó la princesita-. Y lloro por los malos, por los feos, por los sucios, por los que no tienen qué comer.
Y, sin reprimir las lágrimas, añadió:
-También lloro por los sabios... Y todas las noches, ama, he de llorar así. No puedo hacer otra cosa; no me dejan asociarme de otro modo al dolor... Nadie puede impedirme que llore.
Y la princesita, en efecto, lloró sin tregua, ya apoyada en el barandal de su balcón cuando salía la luna, ya escondiendo el rostro en la almohada de encajes, ya arrodillada en su reclinatorio para la plegaria nocturna. Nadie pudo explicarse en la corte del rey la enfermedad misteriosa que consumió en un año a la princesita, demacrando su cuerpo y secando su sangre. Los sabios, consultados diariamente, amontonaron remedios sobre remedios, sin ningún fruto. La vida de la princesita se fundió, se derritió en el hilo de sus lágrimas de amor ideal y de piedad suprema, y hoy enseñan en los reales jardines una fuente que dicen formada con ese llanto precioso. Los que beben de ella contraen la locura de hacer bien.




El pañuelo, de Emilia Pardo Bazán

Emilia Pardo Bazan Cipriana se había quedado huérfana desde aquella vulgar desgracia que nadie olvida en el puerto de Areal: una lancha que zozobra, cinco infelices ahogados en menos que se cuenta... Aunque la gente de mar no tenga asegurada la vida, ni se alabe de morir siempre en su cama, una cosa es eso y otra que menudeen lances así. La racha dejó sin padres a más de una docena de chiquillos; pero el caso es que Cipriana tampoco tenía madre. Se encontró a los doce años sola en el mundo..., en el reducido y pobre mundo del puerto.
Era temprano para ganarse el pan en la próxima villa de Marineda; tarde para que nadie la recogiese. ¡Doce años! Ya podía trabajar la mocosa... Y trabajó, en efecto. Nadie tuvo que mandárselo. Cuando su padre vivía, la labor de Cipriana estaba reducida a encender el fuego, arrimar el pote a la lumbre, lavar y retorcer la ropa, ayudar a tender las redes, coser los desgarrones de la camisa del pescador. Sus manecitas flacas alcanzaban para cumplir la tarea, con diligencia y precoz esmero, propio de mujer de su casa. Ahora, que no había casa, faltando el que traía a ella la comida y el dinero para pagar la renta, Cipriana se dedicó a servir. Por una taza de caldo, por un puñado de paja de maíz que sirviese de lecho, por unas tejas y, sobre todo, por un poco de calor de compañía, la chiquilla cuidaba de la lumbre ajena, lindaba las vacas ajenas, tenía en el colo toda la tarde un mamón ajeno, cantándole y divirtiéndole, para que esperase sin impaciencia el regreso de la madre.
Cuando Cipriana disponía de un par de horas, se iba a la playa. Mojando con delicia sus curtidos pies en las pozas que deja al retirarse la marea, recogía mariscada, cangrejos, mejillones, lapas, nurichas, almejones, y vendía su recolección por una o dos perrillas a las pescantinas que iban a Marineda. En un andrajo envolvía su tesoro y lo llevaba siempre en el seno. Aquello era para mercar un pañuelo de la cabeza... ¿qué se habían ustedes figurado? ¿Qué no tenía Cipriana sus miajas de coquetería?
Sí, señor. Sus doce años se acercaban a trece, y en las pozas, en aquella agua tan límpida y tan clara, que espejeaba al sol, Cipriana se había visto cubierta la cabeza con un trapo sucio... El pañuelo es la gala de las mocitas en la aldea, su lujo, su victoria. Lucir un pañuelo majo, de colorines, el día de la fiesta; un pañuelo de seda azul y naranja... ¿Qué no haría la chicuela por conseguirlo? Su padre se lo tenía prometido para el primer lance bueno; ¡y quién sabe si el ansia de regalar a la hija aquel pedazo de seda charro y vistoso había impulsado al marinero a echarse a la mar en ocasión de peligro!
Sólo que, para mercar un pañuelo así, se necesita juntar mucha perrilla. Las más veces rehusaban las pescantinas la cosecha de Cipriana. ¡Valiente cosa! ¿quién cargaba con tales porquerías? Si a lo menos fuesen unos percebitos bien gordos y recochos, ahora que se acercaba la Cuaresma y los señores de Marineda pedían marisco a todo tronar. Y señalando a un escollo que solía cubrir el oleaje, decían a Cipriana:
-Si apañas allí una buena cesta, te damos dos reales.
¡Dos reales! Un tesoro. Lo peor es que para ganarlo era menester andar listo. Aquel escollo rara vez y por tiempo muy breve se veía descubierto. Los enormes percebes que se arracimaban en sus negros flancos disfrutaban de gran seguridad. En las mareas más bajas, sin embargo, se podía llegar hasta él. Cipriana se armó de resolución; espió el momento; se arremangó la saya en un rollo a la cintura, y provista de cuchillo y un poje o cesto ligeramente convexo, echóse a patullar. ¿Qué podría ser? ¿Qué subiese la marea de prisa? Ella correría más... y se pondría en salvo en la playa. Y descalza, trepando por las desigualdades del escollo, empezó, ayudándose con el cuchillo, a desprender piñas de percebes. ¡Qué hermosura! Eran como dedos rollizos. Se ensangrentaba Cipriana las manitas, pero no hacía caso. El poje se colmaba de piñas negras, rematadas por centenares de lívidas uñas...
Entre tanto subía la marea. Cuando venía la ola, casi no quedaba descubierto más que el pico del escollo. Cipriana sentía en las piernas el frío glacial del agua. Pero seguía desprendiendo percebes: era preciso llenar el cesto a tope, ganarse los dos reales y el pañuelo de colorines. Una ola furiosa la tumbó, echándola de cara contra la peña. Se incorporó medio risueña, medio asustada... ¡Caramba, qué marea tan fuerte! Otra ola azotadora la volcó de costado, y la tercera, la ola grande, una montaña líquida, la sorbió, la arrastró como a una paja, sin defensa, entre un grito supremo. Hasta tres días después no salió a la playa el cuerpo de la huérfana.

Jaimito: Cuentos Cortos o Relatos de: Emilia Pardo Bazán





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