Retrato de Fernán Caballero, seudónimo de  Cecilia Böhl de Faber El relato o cuento largo, es una forma de narración, cuya extensión en número de páginas es menor que la de la novela.
Grandes autores como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Jack London, Franz Kafka, Howard Phillips Lovecraft, Truman Capote y Raymond Carver, han demostrado la calidad indiscutible de sus relatos y las posibilidades literarias de este género.
La escritora española Cecilia Böhl de Faber, utilizaba el seudónimo de Fernán Caballero, para firmar sus escritos. Escritora costumbrista, proxima al realismo, destaco por sus novelas: La gaviota, La Familia de Alvareda, La hija del Sol, La flor de las ruinas, Callar en vida y perdonar en muerte , Clemencia, Lágrimas y una recopilación de Cuentos, adivinanzas y refranes populares.

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Cuentos y Relatos

Un sermón bajo naranjos, de Fernán Caballero

La señorita Luisa Gourand da a luz en París, un excelente periódico titulado: Journal des jeunes personnes (Periódico de las jóvenes); y deseando avalorarlo con una producción del distinguido y erudito literato Mr. de Latour, que de largo tiempo atrás tiene consagrada su docta pluma y la gracia y elegancia de su estilo a dar a conocer en Francia bajo su más bella faz las cosas de nuestra España, ha obtenido de éste el artículo que a continuación traducimos, seguros del interés general con que será leído, por abrazar tantas cosas dignas de ser tenidas en cuenta, y que el autor pone a la vista con la benevolencia, estudio y poesía que distinguen a todos sus escritos, en los cuales rebusca con marcada preferencia para presentarlas al público francés, las humildes y santas violetas que suele pasar por alto la fama.
Fernán Caballero
«Lleváis, señora, a veces a vuestras jóvenes lectoras al gran mundo y la sociedad; permitidme que yo las conduzca a oír un sermón. Pero no hay en esto nada que pueda causar recelo ni aun a las más jóvenes, porque se trata de un sermón predicado en un patio, al aire libre, bajo la sombra de naranjos, ante pobres niños; siendo los demás que componen el auditorio admitidos, pero no llamados. La misma voz que bajo los olivos de Palestina decía con tan tierno acento: «dejad venid los niños a mí» repite aun las mismas palabras después de cerca de dos mil años, bajo los naranjos de Andalucía. Algún día, cuando España haya concluido sus caminos de hierro, que serán una seducción más que ofrecer a la legítima curiosidad de los viajeros, muchas de vuestras abonadas, que serán entonces graves madres de familia, vendrán quizás a sentarse al pie de este púlpito de los huérfanos; pero entretanto, vengan a acompañarme a él con el pensamiento:
«La catedral de Sevilla en su forma actual es muy posterior a la época en que los moros fueron expulsados de España, empero así como algo de las costumbres árabes ha permanecido entre los moradores del Mediodía de España, también el arte árabe ha dejado huellas en los monumentos erigidos por la fe cristiana. Aquí, no osbtante, hallamos más que involuntarias reminiscencias; dígalo en primer lugar la maravillosa Giralda; mucho más antigua que la catedral, cuya solemne sonora voz esparce por los aires y a la cual no tiene el Oriente más recóndito nada que se le pueda preferir. Díganlo además los grandes trozos de muros de la antigua mezquita embutidos en el recinto a que me propongo conduciros.
«Son también de usanza oriental los grandes patios que forman parte de los edificios religiosos. La catedral de Córdoba, tiene el suyo, con su fuente rodeada de sicomoros, de naranjos y cipreses. Las sinagogas de Toledo tienen también los suyos, pero, sólo con pozos y sin naranjos, que no podrían prevalecer en aquel clima.
«En Sevilla este patio es del tamaño de la antigua mezquita cuya área ocupa. Es un cuadrilátero de unos 450 pies de largo por 350 de ancho. En el centro tiene una ancha fuente cuya doble mar no carece de elegancia, y cuyo perenne murmullo concuerda perfectamente con el perfume del azahar.
«Tiene este patio tres distintas puertas de entrada. La principal se denomina del Perdón. La puerta, que es muy bella y redondeada por arriba a manera de herradura, fue hecha por árabes cautivos, por orden del Rey Alfonso XI en memoria de la batalla del Salado. Ambas hojas de esta puerta pertenecieron a la mezquita, así como las planchas de cobre cinceladas de que están cubiertas. Sobre la puerta hay un hermoso bajo relieve de barro cocido, y a cada lado de la entrada las estatuas en pie de San Pedro y San Pablo, el uno con las llaves, el otro con la espada. Vese, pues, que a pesar de haber permanecido la puerta musulmana en cuanto a su forma y su materia, es cristiana, y abre a los fieles el dominio de Jesucristo.
«Entremos. Bajo la bóveda de la puerta, a la izquierda se fija la vista en una cabeza del Señor, puesta en una capilla de mármol, ante la cual arde perennemente una lámpara. Entre esta capilla y una concha de agua bendita que se hace nocesario llenar constantemente, algunas personas devotas oran, y algunos mendigos imploran la caridad. Forma esto un cuadro de los que Schetz se complace y sobresale en pintar, y yo me figuro que Murillo al pasar por este sitio estuvo más de una vez tentando de reproducirlo en sus lienzos. La leyenda de este Ecce-Homo debe ser curiosa y conmovedora, pero aún no me ha sido posible averiguarla. Su advocación por sí sola es la del Señor del Perdón. ¿No es una dulce leyenda? Basta a lo menos, para explicar y motivar el nombre de la puerta.
«Pero existe otra etimología. Las gentes ancianas de Sevilla me han referido, que en otros tiempos, aquellos que eran condenados a la pena infamante de azotes, iban montados en un asno y acompañados del verdugo y sus ayudantes por las calles de la ciudad. En determinadas encrucijadas se paraba el séquito; el escribano leía en recia voz la sentencia y el verdugo aplicaba el castigo en las espaldas del delincuente, hecho lo cual, volvíase a emprender la marcha hasta llegar a otro de los sitios designados. Una delicada razón de conveniencia hacía que se evitase de pasar por delante de las iglesias. Pero acaeció en una ocasión, no sé cómo, que la triste comitiva vino a desembocar por una estrecha calle que desde las gradas de la Catedral comunica con la plaza en que se halla la Audiencia, ante la puerta del patio de la Catedral. Hallábanse casualmente en ella varios canónigos. El reo al verlos, exclamó misericordia, y estos señores intervinieron en nombre del sagrado de la Santa Iglesia, que amplió algo la caridad, así de los que para el pobre reo la pedían, como de los que concedieron el perdón, por lo cual quedó este dulce nombre a la puerta y al Señor, en cuyo nombre se pidió.
«Al hallarse bajo aquellos naranjos, se siente una calma benéfica, a la que la perspectiva que se presenta añade una impresión religiosa.
«El primer objeto que llama la atención, estando en el patio, es la Giralda que le domina. El púlpito se halla en su mismo lado, es decir, al Levante; es de mármol y se apoya en la pared de la sala en que está la preciosa biblioteca reunida por el hijo de Cristóbal Colón, y donada por él a la ciudad de Sevilla. El hallarse esta en el recinto de la catedral ¿no prueba acaso que nada tiene que temer la religión del verdadero saber, y que antes es ella quien comunica a éste elevación y resplandor, en cambio de la solidez que de él recibe? «Sobre el púlpito sujeto al muro, está el velarium o batidor destinado a resguardar de los rayos del sol al predicador, y a la primera fila del auditorio, esto es, a los niños. La caridad que les ha dado asilo, cuida de ellos como una madre. Estamos todavía en 17 de marzo, y ya nos anuncian los naranjos en flor que la llegada de la primavera ha puesto la savia en movimiento.
«Poco a poco se va reuniendo el auditorio, aun se hallan vacíos los bancos donde han de sentarse los huérfanos y que forman un cuadro al frente del púlpito alfombrado con un tapiz, cuyo centro ocupan todos los años el Cardenal arzobispo y SS. AA. RR. la hermana de la Reina de España y sus augustos esposos e hijos, cuando se encuentran en Sevilla.
«Puesto que tenemos tiempo y ocasión, veamos lo que está grabado en esta lápida de mármol colocada a espaldas del púlpito:
-Aquí han predicado San Vicente Ferrer, San Francisco de Borja, San J. de Ávila, el venerable Fernando Contreras y D. Fernando de Mata. -Este es el libro de oro del púlpito del patio de los Naranjos; ahora daré algunos pormenores sobre cada uno de estos nombres.
«De estos venerables varones pertenecen cuatro al Mediodía de España, y de los más célebres será de los que menos hablaré.
«San Vicente Ferrer es el apóstol de Valencia; ¡cuántas santas leyendas podría referir de su vida! Pero me ceñiré a decir que nacido en 1357, sembró con mano pródiga la semilla del Evangelio en Inglaterra, Alemania y Francia. Falleció en Bretaña, y dio su último suspiro en Vannes, en 1419.
«San Francisco de Borja es también hijo de la poética Valencia, en donde nació en 1500. Era Marqués de Lombay, Duque de Gandía, y fue Virrey de Cataluña, muriendo en 1572, de General de la Compañía de Jesús. Su vida es toda una novela, y tiene grande analogía con la del abate Rancé; como éste había merecido tener, el desengañado prócer, a un Chateaubriand por biógrafo. He visto una estatua muy expresiva de este Santo en la Universidad de Sevilla. Preguntad a aquella efigie de un hombre extenuado por el ayuno y las austeridades, que nombre llevó éste en la corte de Carlos V, y os responderá: «me llamo Penitencia.»
«San Juan de Ávila había nacido en 1502, en las cercanías de Toledo, en Almodóvar del Campo, pero a pesar de eso, llámasele el Apóstol de Andalucía. Escritor místico de un mérito singular, existen obras suyas que hacen autoridad, pero en cuanto a sus sermones, no queda sino la memoria de los maravillosos frutos que en las almas produjeron. Murió en Priego en 1569.
«Fernando de Mata había nacido en Sevilla en 1554, y en ella murió en 1612. Predicador habitual del Sagrario de la Catedral, que forma uno de los costados del patio a que os he conducido, se puede decir que no salía de su casa para subir al púlpito del patio de los Naranjos. Su vida ha dejado en la memoria de los hombres una estela dulce y luminosa, y paréceme que a su alma placerá vagar aun por las cercanías de ese púlpito, y sorprender entre aquellos naranjos el eco de sus palabras de otros tiempos.
«Contreras consagró su vida a la redención de niños cristianos cautivos de infieles, a punto de que debía habérsele constituido en amado patrono de las jóvenes generaciones, que cada año en semejante día se agolpan a los pies del púlpito. D. Fernando Contreras nació en Sevilla en 1470, de familia distinguida, pero escasa de fortuna: desde su infancia dio muestras de sus felices disposiciones, una inclinación decidida al trabajo y al bien, de mucha modestia y de una gran dulzura de carácter. A los diez y seis años después de haberse consultado a sí propio, y haber orado mucho, resolvió seguir la carrera eclesiástica, y se entregó con ardor al estudio de la Teología; no gastó desde entonces sino vestidos bastos y eligió en la casa paterna un lugar retirado, que constituyó en ermita, y en el que no quiso tolerar sino un jergón, una mesa, una silla, algunos libros y la imagen del Santo de su especial devoción. Tenía por todo recurso un beneficio pequeño que le ayudó a ordenarse; pero una vez recibido sacerdote, renunció a él para vivir en la pobreza evangélica. Los ocios que le dejaba su santo ministerio, los empleaba en visitarlos hospitales y en consolar a los enfermos. Padeciendo Sevilla en 1505 una grande hambre, se constituyó en demandante de los pobres, y habiendo la miseria traído la peste, se constituyó en enfermero de los contagiados. Tan intrépido para arrostrar el contagio, como lo había sido para arrostrar la avaricia de los vivos, enterraba a menudo a los que no había podido arrancar a la muerte. El Arzobispo de Sevilla creyó deber recompensar tanto celo y abnegación, dándole un beneficio: -Señor, repuso aquel santo varón, ¿en qué he podido ofender a V. I. para que me quiera dar un beneficio?
«En 1511, el Cardenal Cisneros lo llamó a la gran Universidad de Alcalá de Henares, que acababa de establecer. Allá empezó a ejercer la predicación, y tuvo la insigne honra de contraer amistad con el que había de llegar a ser Santo Tomás de Villanueva.
«Salió de Alcalá para dedicarse a secundar las caritativas miras de Doña Teresa Enríquez, duquesa de Maqueda, que había erigido recientemente en Torrijos, a cuatro leguas de Toledo, la colegiata que aún hoy día se admira allí. Pero el principal objeto de la caridad de esta ilustre señora, era la redención de los niños cautivos de moros. Asociando a D. Fernando Contreras a esa generosa obra, iba al encuentro de su verdadera vocación. Pero para dar más autoridad a su celo, le facilitó los medios de tomar el grado de doctor. D. Fernando, para prepararse a sus lejanas empresas, regresó a Sevilla, que era aun por entonces el punto de partida de todas las expediciones marítimas: y empezó por establecerse (fijarse), en el hospital de Santa Marta, y después en una casa pequeña, cercana a una de las puertas de la ciudad, que pudiéramos ver desde aquí, a no impedirlo las paredes, y que se llama puerta del Arenal.
«Era esto en el año de 1526, y no pudiendo aún embarcarse, el Padre aprovechó esta demora para fundar un colegio en el que tomó a su cargo la enseñanza del canto llano, la Gramática, Bellas letras y la Teología. Hubiérase dicho que con anticipación preparaba un asilo a los niños que había de ir a traer de tan lejos.
«Próximamente por aquella época pasó por Sevilla, para ir a América, San Juan de Ávila, del que anteriormente hemos hecho mención. El Padre Contreras consiguió retenerle en España, y Andalucía le debió así su apóstol.
«Estando todo corriente para su primera expedición dio vela con destino a Argel. Allí le esperaba todo género de dificultades, pero el cielo le concedió ocasión de captarse la buena voluntad de los moros. Desde cuatro años antes afligía una gran sequía a aquel país, y los ruegos de este varón santo hizo descender sobre la tierra abrasada una lluvia benéfica. En el primer arrebato de alegría le regaló el rey treinta niños cristianos; los cortesanos imitaron la liberalidad de su Señor, y unidas estas liberalidades a los medios pecuniarios que había traído de España pudo en breve el generoso misionero reunir trescientos niños. ¡Considérese, pues, la acogida que hallaría al regresar a Sevilla!
«El buen resultado de este primer viaje le animó a emprender otro en 1533. Asaltóle un temporal a la vista del puerto, pero bastó colocar su báculo sobre el timón para alejar el peligro. Los argelinos habían tenido tiempo sobrado para olvidar el benéfico milagro que abrió los cerrojos de sus mazmorras a tantos pobres niños, y el Padre Contreras no tenía bastante dinero para rescatar todos los que había deseado traerse consigo. Entregáronle bajo la fianza de su palabra alguna parte, y dejó su báculo en rehenes; verdad es que aquel báculo acababa de hacer un milagro, pero el milagro que me parece impresionaría más a los moros sería la caridad del negociador.
«Su vuelta no causó esta vez menos entusiasmo en Sevilla que la primera cuando le vieron arrodillarse con todos los niños que traía y que le debían más que la libertad, ante la célebre imagen de la Virgen de la Antigua. Este entusiasmo le proporcionó en breve poder rescatar el báculo dejado en rehenes a los infieles.
«Como dos viajes consecutivos habían debido dejar exhautas las mazmorras de Argel, el tercero fue con destino a Túnez. Apenas se había embarcado el Padre Contreras con sus queridos rescatados, cuando de repente se vio rodeada su embarcación por siete cárabos de piratas; pero una nube espesa cubrió la embarcación y ocultó a los cristianos a la vista de sus enemigos. Cuando la nube se disipó estaba libre el mar de piratas.
«Por cuarta vez se puso el siervo de Dios en campaña yendo a Tetuán y Fez. Volvió a Sevilla en 1536 habiendo por milagro escapado a una tempestad, que no fue parte a inspirarle temor al mar ni a hacerle desistir de sus valerosas empresas.
«Había permanecido fiel a su hospital de Santa Marta, pero habiendo hallado ahora un establo en las cercanías se estableció en él, sin duda y en memoria del de Belén. Colocó en el pesebre su pobre jergón.
«El cabildo intentó inútilmente proporcionarle un albergue menos humilde, sólo pudo lograr que se preservase de los rigores de la intemperie el que había elegido el mismo venerable.
«Tres años después volvió a emprender el viaje a Fez, del que regresó con éxito igual a los anteriores, pero el recuerdo de los niños que no había podido rescatar lo abrumaba como un remordimiento, y para aumentar sus recursos fue a mendigarlos a Castilla. El Cardenal Tavera, el mismo que labró el magnífico hospicio que se halla en la entrada de Toledo, le dio medios para emprender el sexto viaje. Le hallamos, pues, en Ceuta y de allí caminando a Tetuán. Pero habiéndole, como siempre, faltado el dinero, y no inspirando confianza su báculo, a pesar de no haber defraudado nunca la de nadie, se dio a sí mismo en rehenes. Pero no salió la cuenta a los infieles, pues cada día de la generosa cautividad de este insigne varón, que duró algunos años, fue señalado con alguna conversión de moros o de judíos.
«Cesó por fin en 1546 en que regresó a Sevilla, y como si se hubiese echado en cara entrar solo, trajo consigo tantos rescatados como las veces anteriores. Ya se había perdido allí la esperanza de volver a verlo y se le empezaba a contar entre los mártires, cuando se le vio llegar tan sereno cual si hubiera salido el día antes, pero con ese no sé qué de celestial que da el sentimiento de una santa victoria obtenida a costa de grandes sacrificios.
«La noticia de esa inesperada vuelta conmovió al mismo Carlos V, que nombró al Padre Contreras para la vacante del obispado de Guadix. El recién electo bien hubiera querido contestar al Emperador lo que respondió había cuarenta años antes al arzobispo de Sevilla. ¿En qué he podido ofender a V. M. que me nombra obispo? Pero se contentó con dimitir esta honra.
«No creyó que su avanzada edad le dispensaba de la heroica tarea que se había impuesto, y emprendió por séptima y última vez su peregrinación a Argel, en donde quedó de nuevo su báculo en rehenes de una suma de 3,000 ducados. Apenas regresó a Sevilla cuando se apresuró a volver a su humilde albergue con el presentimiento de que no volvería a salir de él.
«No quiso cuidados ni más alimento que la pobre pitanza que el hospicio de Santa Marta acostumbraba proporcionar a los eclesiásticos indigentes.
«El obispado de Guadix estaba aún vacante, y el Emperador encargó al Príncipe D. Felipe que lo ofreciera de nuevo, al que ya en otra ocasión lo había rehusado. El Padre Contreras se mantuvo un su negativa; sentía que sería para él un título vano. Agobiado bajo el peso de su cuerpo miserable que tantos combates había llevado, cayó sobre el pobre lecho en que dormía desde tantos años para no volver a levantarse. La Duquesa de Alcalá, que sentía por él una tierna veneración, le envió una cama menos mala, pero no le pareció que valía la pena de trasladarse a ella, e hizo llevar este regalo de una mano tan querida al hospital de las Tablas. El mismo camino tomaron los alimentos delicados que de todas partes le fueron enviados. Sintiendo su fin acercarse empezó por disponer con prudencia de sus bienes, en favor de la redención de cautivos, pidiendo para sí mismo un favor: el de ser enterrado en la fosa en que se enterraban los ajusticiados. El 17 de febrero de 1548, entregó tranquilamente su alma a Dios, asistido por dos obispos que desearon hacerlo hasta el último instante. El uno, por una feliz casualidad, era el obispo de Marruecos(1). ¡Qué de recuerdos tenía para él este título! ¡Recuerdos que debieron llenar de confianza al enfermo sobre la salvación de su alma!
«El día que murió D. Fernando Contreras, las campanas de la Catedral sonaron solas, y todo Sevilla acudió con demostraciones del mayor dolor a la puerta de aquel pobre casucho en que había muerto un bienaventurado. ¡Cuántos entre aquella muchedumbre debían la vuelta de un hijo querido robado por los moros! ¡Cuántos el hallarse en el seno de su familia, que no habían pensado el volver a ver jamás!
«Las duquesas de Alcalá y de Béjar, se honraron en amortajar con sus propias manos el pobre cuerpo que había conservado tan heroica alma. Al tratarse de fijar el sitio de su sepultura, fue grande la incertidumbre; pero cuando el cabildo estaba discutiendo el caso, se apareció un hermoso niño en medio de los canónigos, como en otro tiempo entre los doctores, y dirigiéndoles la palabra con aquella modesta firmeza que tanto había impuesto a los sabios en el Templo, les hizo seña de que le siguiesen, y deteniéndose a la entrada del coro dijo: «Aquí es donde quiere Dios que sea enterrado» y desapareció. El cielo se había complacido en dar a su mensajero la figura y edad de aquellos a quienes el que acababa de morir había consagrado toda su vida.
«Todas cuantas personas elevadas y santas encerraba entonces Sevilla, se apresuraron a acudir a su entierro. El pueblo demostró a su manera su veneración por el siervo de Dios, disputándose girones de sus vestidos. El obispo de Marruecos predicó el sermón en sus honras. He aquí el último rasgo de esta santa vida, toda consagrada a la infancia; D. Fernando Contreras es autor de un catecismo.
«Repetidas veces se ha instado a la Santa Sede, para que ponga el sello a la santidad de esta dulce y venerable memoria.
«Un primer decreto fue expedido favorablemente, y en ello ha quedado la beatificación. Acaso desde el cielo, el humilde solitario de Santa Marta dice al Pontífice. «Padre Santo, ¿en qué os he ofendido para que me queráis poner entre los Santos?»
«Entretanto, la gente se ha ido apiñando alrededor de este púlpito, esclarecido por tantos gloriosos apóstoles; mas sin que vengan los niños del Hospicio, no subirá el orador al púlpito. Fórmanse, mientras, grupos alrededor de la fuente. Cada naranjo se hace el centro de una pequeña tertulia, al propio tiempo que otros pasean solitarios fumando su cigarro. Alguno que otro extranjero va de grupo en grupo mirándolos con extrañeza. Este espectáculo de religión al aire libre, cuando en otros países parece que teme salir de sus templos, les da que pensar. Es cosa aquí tan natural, todos tienen un continente tan sencillo, que no se pensaría que aguardaban una solemnidad, si en las ventanas ogivales de los cuerpos superpuestos de la Giralda, no se viera asomar cabezas que denotan aguardar otra cosa, que no la vista de aquella reunión animada sin bulla, recogida sin afectación.
«Pero ya suenan a lo lejos voces infantiles. En el umbral de la puerta del Perdón, aparece una Cruz de plata rodeada de faroles en que arden cirios.
«Las gentes abren paso con apresuramiento simpático, y en la estrecha senda que abre se ve entrar de dos en dos a los niños del Hospicio de San Luis, cantando salmos o el Rosario conducidos por sacerdotes, y a las niñas del de Santa Isabel que lo son por Hermanas de la Caridad. Los vestidos de unos y otros son limpios y adecuados, sus semblantes revelan alegría y salud. Estos pobres niños que sólo se encuentran en esta ocasión, se miran con cándida simpatía, pues sienten indefiniblemente que pertenecen a una misma familia, la de los desheredados, recogidos por la caridad.
«A medida que se van colocando detrás de las autoridades civiles y eclesiásticas, que son su providencia en este mundo, las gentes enmudecen y se acercan. El cuadro de género (o de costumbres) que antes se presentaba, y que por la originalidad de los trajes, la viveza de los colores, la variedad de actitudes, distraía agradablemente el tiempo de espera, toma al concentrarse otro carácter y se convierte en cuadro religioso, cuya belleza resulta de la unanimidad y de la expresión moral, que es la de una fe serena y segura de sí. Todas las miradas se dirigen al púlpito no se lee sino un solo pensamiento en aquellas descubiertas frentes.
«Sube el orador al púlpito. -Se pregunta en voz baja quién es; oigo responder a mi lado que es un Padre de la Compañía de Jesús, encargado de la dirección de la enseñanza religiosa en el Hospicio. «Es el padre Esclapés» dice uno. «Yo creí que estaba en Utrera, en donde predicaba el Septenario de Dolores. -Estaba allí hace media hora, observó otro; aguardábalo un coche en la estación del ferrocarril para traerlo aquí, y el mismo coche aguarda que haya concluido el sermón para volverlo a llevar a la Estación.» Eran gente del pueblo los que así hablaban porque en España el pueblo se interesa en los mas mínimos pormenores de las cosas religiosas. «Hubiera querido que fuese el Padre Medina, dijo un tercer interlocutor. -El Padre Medina acaba de hacer unos ejercicios en el Ángel, y está muy fatigado.» Esto decía una mujer que en seguida añadió: «Escuchemos al Padre Esclapés, y no echaremos de menos a ningún otro.» Estas razones a que involuntariamente prestaba atención, me impidieron oír el texto del predicador, que me pareció de mediana edad, de continente severo sin tiesura, y de un timbre de voz tal, que sin esforzarla llegaba a oídos de la mayor parte del auditorio. Su discurso fue como un resumen de todo el cristianismo por el análisis sencillo y animado de los mandamientos de Dios, y teniendo presente el orador que se dirigía a ánimas juveniles, que era necesario tanto convencer como conmover, presentó el fin de un célebre incrédulo incorporándose en su lecho de muerte para dejar en herencia a su hijo que quedaba huérfano, a falta del buen ejemplo de su vida, la gran amonestación de su muerte.
«Hubo entonces un bello y solemne momento. Aquel en que al excitar el orador a sus oyentes a pedir a Dios perseverancia en nuestra santa fe y resignación, se arrodilló espontáneamente todo el auditorio bajo los naranjos, y unió su oración a la del sacerdote. Cuando nos pusimos de pie, el púlpito estaba vacío, y los niños emprendían la vuelta a sus Hospicios en el mismo orden, y con los mismos cantos que traían a la venida.
«Cada vez que asisto bajo este cielo esplendente a alguna de estas solemnidades religiosas populares, admiro más y más la portentosa flexibilidad con que sabe el catolicismo apoderarse de todas las armonías de la naturaleza. Austero en el Norte, adquiriendo en el Mediodía una poesía dulce y amena, en todas partes dueño de los espíritus y realmente universal, toma para abrirse camino el medio que conduce seguramente a ellos.»

La hormiguita, de Fernán Caballero

Había vez y vez una hormiguita tan primorosa, tan concertada, tan hacendosa, que era un encanto. Un día que estaba barriendo la puerta de su casa, se halló un ochavito. Dijo para sí: ¿Qué haré con este ochavito? ¿Compraré piñones? No, que no los puedo partir. ¿Compraré merengues? No, que es una golosina. Pensolo más, y se fue a una tienda, donde compró un poco de arrebol, se lavó, se peinó, se aderezó, se puso su colorete y se sentó a la ventana. Ya se ve; como que estaba tan acicalada y tan bonita, todo el que pasaba se enamoraba de ella. Pasó un toro, y la dijo:
-Hormiguita, ¿te quieres casar conmigo?
-¿Y cómo me enamorarás? -respondió la hormiguita.
El toro se puso a rugir; la hormiga se tapó los oídos con ambas patas.
-Sigue tu camino -le dijo al toro-, que me asustas, me asombras y me espantas.
Y lo propio sucedió con un perro que ladró, un gato que maulló, un cochino que gruñó, un gallo que cacareó. Todos causaban alejamiento a la hormiga; ninguno se ganó su voluntad, hasta que pasó un ratonpérez, que la supo enamorar tan fina y delicadamente, que la hormiguita le dio su manita negra. Vivían como tortolitas, y tan felices, que de eso no se ha visto desde que el mundo es mundo.
Quiso la mala suerte que un día fuese la hormiguita sola a misa, después de poner la olla, que dejó al cuidado de ratonpérez, advirtiéndole, como tan prudente que era, que no menease la olla con la cuchara chica, sino con el cucharón; pero el ratonpérez hizo, por su mal, lo contrario de lo que le dijo su mujer: cogió la cuchara chica para menear la olla, y así fue que sucedió lo que ella había previsto. Ratonpérez, con su torpeza, se cayó en la olla, como en un pozo, y allí murió ahogado.
Al volver la hormiguita a su casa, llamó a la puerta. Nadie respondió ni vino a abrir. Entonces se fue a casa de una vecina para que la dejase entrar por el tejado. Pero la vecina no quiso, y tuvo que mandar por el cerrajero, que le descerrajase la puerta. Fuese la hormiguita en derechura a la cocina; miró la olla, y allí estaba, ¡qué dolor!, el ratonpérez ahogado, dando vueltas sobre el caldo que hervía. La hormiguita se echó a llorar amargamente. Vino el pájaro, y la dijo:
-¿Por qué lloras?
Ella respondió:
-Porque ratonpérez se cayó en la olla.
-Pues yo, pajarito, me corto el piquito.
Vino la paloma, y la dijo:
-¿Por qué, pajarito, te has cortado el pico?
-Porque el ratonpérez se cayó en la olla, y que la hormiguita lo siente y lo llora.
-Pues yo, la paloma, me corto la cola.
Dijo el palomar:
-¿Por qué tú, paloma, cortaste tu cola?
-Porque ratonpérez se cayó en la olla, y que la hormiguita lo siente y lo llora; y que el pajarito cortó su piquito, y yo, la paloma, me corto la cola.
-Pues yo, palomar, voyme a derribar.
Dijo la fuente clara:
-¿Por qué, palomar, vaste a derribar?
-Porque el ratonpérez se cayó en la olla, y que la hormiguita lo siente y lo llora; y que el pajarito cortó su piquito; y que la paloma se corta la cola; y yo, palomar, voyme a derribar.
-Pues yo, fuente clara, me pongo a llorar.
Vino la Infanta a llenar la cántara.
-¿Por qué, fuente clara, póneste a llorar?
Porque el ratonpérez se cayó en la olla, y que la hormiguita lo siente y lo llora; y que el pajarito se cortó el piquito, y que la paloma se corta la cola; y que el palomar fuese a derribar; y yo, fuente clara, me pongo a llorar.
-Pues yo, que soy Infanta, romperé mi cántara.
Y yo, que lo cuento, acabo en lamento, porque el ratonpérez se cayó en la olla, ¡y que la hormiguita lo siente y lo llora!

Jaimito. Relatos o Cuentos Largo: Fernán Caballero





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