Fabulas de Iriarte

Retrato de Iriarte Tomás de Iriarte, nació en La Orotava, provincia de Santa Cruz de Tenerife, en 1750 y murió en 1791 en Madrid.
Desde joven, se dedico a la traducción de obras de teatro francés, y el Arte Poética de Horacio. En 1779, escribió un poema escrito en silvas, denominado "La Música", donde expone su teoría poética, posteriormente escribe las comedias "La señorita mal criada", en 1788 y "El señorito mimado" en 1790.
En 1791, crea Guzmán el Bueno, un monólogo dramático con acompañamiento de orquesta.
La fama le llega con sus "Fábulas literarias", donde realiza alusiones o sátiras a literatos de su época. La calidad de sus fábulas, puede considerarse tan buena o mejor que las Samaniego.

El elefante y otros animales
Ningún particular debe ofenderse de lo que se dice en común
Allá, en tiempo de entonces
y en tierras muy remotas,
cuando hablaban los brutos
su cierta jerigonza,
notó el sabio elefante
que entre ellos era moda
incurrir en abusos
dignos de gran reforma.
Afeárselos quiere
y a este fin los convoca.
Hace una reverencia
a todos con la trompa
y empieza a persuadirlos
en una arenga docta
que para aquel intento
estudió de memoria.
Abominando estuvo,
por más de un cuarto de hora,
mil ridículas faltas,
mil costumbres viciosas:
la nociva pereza,
la afectada bambolla,
la arrogante ignorancia,
la envidia maliciosa.
Gustosos en extremo
y abriendo tanta boca,
sus consejos oían
muchos de aquella tropa:
el cordero inocente,
la siempre fiel paloma,
el leal perdiguero,
la abeja artificiosa,
el caballo obediente,
la hormiga afanadora,
el hábil jilguerillo,
la simple mariposa.
Pero del auditorio
otra porción no corta,
ofendida, no pudo
sufrir tanta parola.
El tigre, el rapaz lobo
contra el censor se enojan.
¡Qué de injurias vomita
la sierpe venenosa!
Murmuran por lo bajo,
zumbando en voces roncas,
el zángano, la avispa,
el tábano y la mosca.
Sálense del concurso,
por no escuchar sus glorias,
el cigarrón dañino,
la oruga y la langosta.
La garduña se encoge,
disimula la zorra,
y el insolente mono
hace de todo mofa.
Estaba el elefante
viéndolo con pachorra,
y su razonamiento
concluyó en esta forma:
«A todos y a ninguno
mis advertencias tocan:
quien las siente, se culpa;
el que no, que las oiga».
Quien mis fábulas lea,
sepa también que todas
hablan a mil naciones,
no sólo a la española.
Ni de estos tiempos hablan,
porque defectos notan
que hubo en el mundo siempre,
como los hay ahora.
Y, pues no vituperan
señaladas personas,
quien haga aplicaciones,
con su pan se lo coma.

El caballerito
Levántome a las mil, como quien soy.
Me lavo. Que me vengan a afeitar.
Traigan el chocolate, y a peinar.
Un libro... Ya leí. Basta por hoy.
Si me buscan, que digan que no estoy...
Polvos... Venga el vestido verdemar...
¿Si estará ya la misa en el altar?...
¿Han puesto la berlina? Pues me voy.
Hice ya tres visitas. A comer...
Traigan barajas. Ya jugué. Perdí...
Pongan el tiro. A campo, y a correr...
Ya doña Eulalia esperará por mí...
Dio la una. A cenar, y a recoger...
«¿Y es éste un racional?» «Dicen que sí
La mona
Aunque se vista de seda
la mona, mona se queda.
El refrán lo dice así:
yo también lo diré aquí;
y con eso lo verán
en fábula y en refrán.

Un trage de colorines,
como el de los matachines,
cierta mona se vistió;
aunque más bien creo yo
que su amo la vestiría,
porque difícil sería
que tela y sastre encontrase.
El refrán lo dice: pase.

Viéndose ya tan galana,
saltó por una ventana
al tejado de un vecino,
y de allí tomó el camino
para volverse á Tetuán.
Esto no dice el refrán;
pero lo dice una historia,
de que apénas hai memoria,
por ser el autor mui raro;
(y poner el hecho en claro
no le habrá costado póco.)

Él no supo, ni tampoco
he podido saber yo,
si la mona se embarcó,
ó si rodeó tal vez
por el ismo de Suéz.
Lo que averiguado está
es que por fin llegó allá.

Vióse la señora mía
en la amable compañía
de tanta mona desnuda;
y cada quál la saluda
como á un alto personage,
admirándose del trage,
y suponiendo sería
mucha la sabiduría,
ingenio y tino mental
del petimetre animal.

Opinan luego al instante,
y nemine discrepante,
que á la nueva compañera
la dirección se confiera
de cierta gran correría
con que buscar se debía,
en aquel país tan vasto,
la provisión para el gasto
de toda la mona tropa.
(¡Lo que es tener buena ropa!)

La directora, marchando
con las huestes de su mando,
perdió, no sólo el camino,
sino, lo que es más, el tino;
y sus necias compañeras
atravesaron laderas,
bosques, valles, cerros, llanos,
desiertos, ríos, pantanos;
y al cabo de la jornada,
ningúna dió palotada:
y éso que en toda su vida
hicieron otra salida
en que fuese el capitán
más tieso, ni más galán
Por póco no queda mona
a vida con la intentona;
y vieron por experiencia
que la ropa no da ciencia.

Pero, sin ir a Tetuán,
también acá se hallarán
monos que, aunque se vistan de estudiantes,
se han de quedar lo mismo que eran ántes.
El zagal y las ovejas
Apacentando un joven su ganado,
Gritó desde la cima de un collado:
«¡Favor! que viene el lobo, labradores.»
Éstos, abandonando sus labores,
Acuden prontamente,
Y hallan que es una chanza solamente.
Vuelve a clamar, y temen la desgracia;
Segunda vez los burla. ¡Linda gracia!
Pero ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera.
Entonces el Zagal se desgañita,
Y por más que patea, llora y grita,
No se mueve la gente escarmentada,
Y el lobo le devora la manada.
¡Cuántas veces resulta de un engaño,
Contra el engañador el mayor daño!


CiberBares


El escarabajo
Tengo para una fábula un asunto,
que pudiera muy bien... pero algún día
suele no estar la musa muy en punto.
Esto es lo que hoy me pasa con la mía;
y regalo el asunto a quien tuviere
más despierta que yo la fantasía;
porque esto de hacer fábulas requiere
que se oculte en los versos el trabajo,
lo cual no sale siempre que uno quiere.
Será, pues, un pequeño escarabajo
el héroe de la fábula dichosa,
porque conviene un héroe vil y bajo.
De este insecto refieren una cosa:
que, comiendo cualquiera porquería,
nunca pica las hojas de la rosa.
Aquí el autor con toda su energía
irá explicando, como Dios le ayude,
aquella extraordinaria antipatía.
La mollera es preciso que le sude
para insertar después una advertencia
con que entendamos a lo que esto alude;
y según le dictare su prudencia,
echará circunloquios y primores,
con tal que diga en la final sentencia
que así como la reina de las flores
al sucio escarabajo desagrada,
así también a góticos doctores
toda invención amena y delicada.
El ricote erudito
Hubo un rico en Madrid (y aun dicen que era
más necio que rico),
cuya casa magnífica adornaban
muebles exquisitos

«¡Lástima que en vivienda tan preciosa»,
le dijo un amigo,
«falte una librería!, bello adorno,
útil y preciso.»

Cierto», responde el otro. «Que esa idea
no me haya ocurrido!...
A tiempo estamos. El salón del Norte
a este fin destino.

Que venga el ebanista y haga estantes
capaces, pulidos,
a toda costa. Luego trataremos
de comprar los libros.

Ya tenernos estantes. Pues, ahora»,
el buen hombre dijo,
«¡echarme yo a buscar doce mil tomos!
¡No es mal ejercicio!

Perderé la chaveta, saldrán caros,
y es obra de un siglo...
Pero ¿no era mejor ponerlos todos
de cartón fingidos?

Ya se ve: ¿por qué no? Para estos casos
tengo yo un pintorcillo
que escriba buenos rótulos e imite
pasta y pergamino.

Manos a la labor.» Libros curiosos
modernos y antiguos
mandó pintar, y a más de los impresos,
varios manuscritos.

El bendito señor repasó tanto
sus tomos postizos que, aprendiendo los rótulos de muchos,
se creyó erudito.

Pues ¿qué mas quieren los que sólo estudian
títulos de libros,
si con fingirlos de cartón pintado
les sirven lo mismo?
El galán y la dama
Cierto galán a quien París aclama,
petimetre del gusto más extraño,
que cuarenta vestidos muda al año
y el oro y plata sin temor derrama,

celebrando los días de su dama,
unas hebillas estrenó de estaño,
sólo para probar con este engaño
lo seguro que estaba de su fama.

¡Bella plata! ¡Qué brillo tan hermoso!,
(dijo la dama), ¡viva el gusto y numen
del petimetre en todo primoroso!

Y ahora digo yo: Llene un volumen
de disparates un autor famoso,
y si no le alabaren, que me emplumen.
El gato, el lagarto y el grillo
Ello es que hay animales muy científicos
en curarse con varios específicos,
y en conservar su construcción orgánica,
como hábiles que son en la botánica,
pues conocen las hierbas diuréticas,
catárticas, narcóticas, eméticas,
febrífugas, estípticas, prolíficas,
cefálicas también y sudoríficas.
En esto era gran práctico y teórico
un gato, pedantísimo retórico,
que hablaba en un estilo tan enfático
como el más estirado catedrático.
Yendo a caza de plantas salutíferas,
dijo a un lagarto: «¡Qué ansias tan mortíferas!
Quiero por mis turgencias semihidrópicas
chupar el zumo de hojas heliotrópicas.»
Atónito el lagarto con lo exótico
de todo aquel preámbulo estrambótico,
no entendió más la frase macarrónica
que si le hablasen lengua babilónica;
pero notó que el charlatán ridículo,
de hojas de girasol llenó el ventrículo,
y le dijo: «Ya, en fin, señor hidrópico,
he entendido lo que es zumo heliotrópico.»
¡Y no es bueno que un grillo, oyendo el diálogo,
aunque se fue en ayunas del catálogo
de términos tan raros y magníficos,
hizo del gato elogios honoríficos!
Sí; que hay quien tiene la hinchazón por mérito,
y el hablar liso y llano por demérito.
Mas ya que esos amantes de hiperbólicas
cláusulas y metáforas diabólicas,
de retumbantes voces el depósito
apuran, aunque salga un despropósito,
caiga sobre su estilo problemático
este apólogo esdrújulo-enigmático.
El té y la salvia
El té, viniendo del imperio chino,
se encontró con la salvia en el camino.
Ella le dijo: «Adónde vas, compadre?»
«A Europa voy, comadre,
donde sé que me compran a buen precio.»
«Yo», respondió la salvia, «voy a China,
que allá con sumo aprecio
me reciben por gusto y medicina.
En Europa me tratan de salvaje,
y jamás he podido hacer fortuna.»
«Anda con Dios. No perderás el viaje,
pues no hay nación alguna
que a todo lo extranjero
no dé con gusto aplausos y dinero.»
La salvia me perdone,
que al comercio su máxima se opone.
Si hablase del comercio literario,
yo no defendería lo contrario,
porque en él para algunos es un vicio
lo que es en general un beneficio;
y español que tal vez recitaría
quinientos versos de Boileau y el Tasso,
puede ser que no sepa todavía
en qué lengua los hizo Garcilaso.



La ardilla y el caballo
Mirando estaba un ardilla
a un generoso alazán,
que dócil á espuela y rienda,
se adiestraba en galopar.

Viéndole hacer movimientos
tan veloces y a compás,
de aquesta suerte le dijo
con muy poca cortedad:
Señor mío,
de ese brío,
ligereza,
y destreza
no me espanto;
que otro tanto
suelo hacer, y acaso más.
Yo soy viva,
soy activa;
me meneo,
me paseo,
yo trabajo,
subo y bajo,
no me estoy quieta jamás.

El paso detiene entonces
el buen potro, y muy formal,
en los términos siguientes
respuesta a la ardilla da:
Tantas idas
y venidas,
tantas vueltas
y revueltas
(quiero, amiga,
que me diga),
¿son de alguna utilidad?
Yo me afano;
mas no en vano.
Sé mi oficio,
en servicio
de mi dueño,
tengo empeño
de lucir mi habilidad.

Con que algunos escritores
ardillas también serán
si en obras frívolas gastan
todo el calor natural.
El buey y la cigarra
Arando estaba el buey, y a poco trecho,
la cigarra, cantando, le decía:
¡Ay!, ¡ay! ¡Qué surco tan torcido has hecho!
Pero él la respondió: Señora mía,
si no estuviera lo demás derecho,
usted no conociera lo torcido.
Calle, pues, la haragana reparona;
que a mi amo sirvo bien, y él me perdona,
entre tantos aciertos, un descuido.

¡Miren quién hizo a quién cargo tan fútil!
Una cigarra al animal más útil.
Mas ¿si me habrá entendido
el que a tachar se atreve
en obras grandes un defecto leve?
El caminante y la mula de alquiler
Harta de paja y cebada,
una mula de alquiler
salía de la posada,
y tanto empezó á correr,
que apenas el caminante
la podía detener.
No dudó que en un instante
su media jornada haría;
pero algo más adelante
la falsa caballería
ya iba retardando el paso.
¿Si lo hará de picardía?...
Harre!... Te paras?... Acaso
metiendo la espuela... Nada.
Múcho me temo un fracaso...
Esta vara, que es delgada...
Menos... Pues este aguijón...
Mas ¿si estará ya cansada?
Coces tira... y mordiscón:
Se vuelve contra el ginete...
¡Ó qué corcovo, qué envión!
Aunque las piernas apriete...
Ni por ésas... Voto á quién!
Barrabás que la sujete...
Por fin, dió en tierra... Muy bien!
¿Y eres tú la que corrías?...
¡Mal muermo te mate, amén!
No me fiaré en mis días
de mula que empiece haciendo
semejantes valentías.

Después de este lance, en viendo
que un autor ha principiado
con altisonante estruendo,

Al punto digo: ¡Cuidado!
Tente, hombre; que te has de ver
en el vergonzoso estado
de la mula de alquiler.
El asno y su amo
Siempre acostumbra hacer el vulgo necio
de lo bueno y lo malo igual aprecio.
Yo le doy lo peor, que es lo que alaba.

De este modo sus yerros disculpaba
un escritor de farsas indecentes;
y un taimado poeta que lo oía,
le respondió en los términos siguientes:

Al humilde jumento
su dueño daba paja, y le decía:
Toma, pues que con eso estás contento.
Díxolo tantas veces, que ya un día
se enfadó el asno, y replicó: Yo tomo
lo que me quieres dar; pero, hombre injusto,
¿piensas que sólo de la paja gusto?
Dame grano, y verás si me lo como.

Sepa quien para el público trabaja,
que tal vez a la plebe culpa en vano,
pues si en dándola paja, come paja,
siempre que la dan grano, come grano.
El avestruz, el dromedario y la zorra
Para pasar el tiempo congregada una tertulia de animales varios
(que también entre brutos hay tertulias),
mil especies en ella se tocaron.
Hablóse allí de las diversas prendas
de que cada animal está dotado:
éste a la hormiga alaba, aquél al perro,
quién a la abeja, quién al papagayo.
No (dijo el avestruz:) en mi dictamen
no hay más bello animal que el dromedario.
El dromedario dijo: Yo confieso
que sólo el avestruz es de mi agrado.
Ninguno adivinó por qué motivo
tan raro gusto acreditaban ambos.
¿Será porque los dos abultan mucho?
¿O por tener los dos los cuellos largos?
¿O porque el avestruz es algo simple,
y no muy advertido el dromedario?
¿O bien porque son feos uno y otro?
¿O porque tienen en el pecho un callo?
O puede ser también... No es nada de eso
(la zorra interrumpió:) ya di en el caso.
¿Sabéis por qué motivo el uno al otro
tanto se alaban? Porque son paisanos.
En efecto, ambos eran berberiscos;
y no fue juicio, no, tan temerario
el de la zorra, que no pueda hacerse
tal vez igual de algunos literatos.
El burro flautista
Esta fabulilla,
salga bien, ó mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.

Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.

Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.

Acercóse á olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.

En la flauta el aire
se hubo de colar;
y sonó la flauta
por casualidad.

Oh! dijo el borrico:
¡qué bien sé tocar!
¡Y dirán que es mala
la música asnal!

Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.


Jaimito: Fábulas de Iriarte





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