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Cuentos Populares Anónimos

Abuela y nietas leyendo cuentos Nuestros abuelos son nuestro tesoro, esa gran biblioteca que nos deja de boquiabiertos con sus cuentos y toda la riqueza que aporta la experiencia de toda una vida.
Nuestros abuelos son los guardianes de nuestras almas que nos enseñan a vivir y respetar, dando todo sin pedir nada a cambio.
Los cuentos anónimos, han pasado de boca en boca, contados por los padres a sus hijos y los abuelos a sus nietos, que posteriormente repetian el ciclo, mejorando la idea inicial. Hasta que alguien era capaz a plamarlo en palabra escrita.

Simbad el Marino

Retrato de Ali BabaContinuacion
Ella dijo:
... ¡Ojalá no haya tenido Alah nunca compasión de su alma!
A la vista de su cadáver, me sentí el alma todavía más aligerada que el cuerpo, y me puse a correr de alegría, y así llegué a la playa, al mismo sitio donde me arrojó el mar cuando el naufragio de mi navío. Quiso el Destino que precisamente en aquel momento se encontrasen allí unos marineros que desembarcaron de un navío anclado para buscar agua y frutas. Al verme, llegaron al limite del asombro, y me rodearon y me interrogaron después de mutuas zalemas. Y les contó lo que acababa de ocurrirme, cómo había naufragado y cómo estuve reducido al estado de perpetuo animal de carga para el jeique a quien hube de matar.
Estupefactos quedaron los marineros con el relato de mi historia, y exclamaron. "¡Es prodigioso que pudieras librarte de ese jeique, conocido por todos los navegantes con el nombre de Anciano del mar! Tú eres el primero a quien no estranguló, porque siempre ha ahogado entre sus muslos a cuantos tuvo a su servicio. ¡Bendito sea Alah, que te libró de él!"
Después de lo cuál, me llevaron a su navío, donde su capitán me recibió cordialmente, Y me dio vestidos con que cubrir mi desnudez; y luego que le hube contado mi aventura, me felicitó por mi salvación, y nos hicimos a la vela.
Tras varios días y varias noches de navegación, entramos en el puerto de una ciudad que tenía casas muy bien construidas junto al mar. Esta ciudad llamábase la Ciudad de los Monos, a causa de la cantidad prodigiosa de monos que habitaban en los árboles de las inmediaciones.
Bajé a tierra acompañado por uno de los mercaderes del navío, con objeto de visitar la ciudad y procurar hacer algún negocio. El mercader con quien entablé amistad me dio un saco de algodón y me dijo: "Toma este saco, llénale de guijarros .y agrégate a los habitantes de la ciudad, que salen ahora de sus muros. Imita exactamente lo que les veas hacer. Y así ganarás, muy bien tu vida."
Entonces hice lo que él me aconsejaba; llené de guijarros mi sacó, y cuando terminé aquel trabajo, vi salir de la ciudad a un tropel de personas, igualmente cargadas cada cual con un saco parecido al mío. Mi amigo el mercader me recomendó a ellas cariñosamente, diciéndoles: "Es un hombre pobre y extranjero. ¡Llevadle con vosotros para enseñarle a ganarse aquí la vida! ¡Si le hacéis tal servicio seréis recompensados pródigamente por el Retribuidor!" Ellos contestaron que escuchaban y obedecían, y me llevaron consigo.
Después de andar durante algún tiempo, llegamos a un gran valle, cubierto de árboles tan altos que resultaba imposible subir a ellos; y estos árboles estaban poblados por los monos, y sus ramas aparecían cargadas de frutos de corteza dura llamados cocos de Indias.
Nos detuvimos al pie de aquellos árboles, y mis compañeros dejaron en tierra sus sacos y pusiéronse a apedrear a los monos, tirándoles piedras. Y yo hice lo que ellos. Entonces, furiosos, los monos nos respondieron tirándonos desde lo alto de los árboles una cantidad enorme de cocos. Y nosotros, procurando resguardamos, recogíamos aquellos frutos y llenábamos nuestros sacos con ellos.
Una vez llenos los sacos, nos los cargamos de nuevo a hombros, y volvimos a emprender el camino de la ciudad, en la cual un mercader me compró el saco pagándome en dinero. Y de este modo continué acompañando todos los días a los recolectores de cocos y vendiendo en la ciudad aquellos frutos, y así estuve hasta que poco a poco, a fuerza de acumular lo que ganaba, adquirí una fortuna que engrosó por sí sola después de diversos cambios y compras, y me permitió embarcarme en un navío que salía para el Mar de las Perlas.
Como tuve cuidado de llevar conmigo una cantidad prodigiosa de cocos, no deje de cambiarlos por mostaza y canela a mi llegada a diversas islas; y después vendí la mostaza y la canela, y con el dinero que gané me fui al Mar de las Perlas, donde contraté buzos por mi cuenta. Fue muy grande mi suerte en la pesca de perlas pues me permitió realizar en poco tiempo una gran fortuna. Así es que no quise retrasar más mi regreso, y después de comprar, para mi uso personal madera de áloe de la mejor calidad a los indígenas de aquel país descreído, me embarqué en un barco que se hacía a la vela para Bassra, adonde arribé felizmente después de una excelente navegación. Desde allí salí en seguida para Bagdad, y corrí a mi calle y a mi casa, donde me recibieron con grandes manifestaciones de alegría mis parientes y mis amigos.
Como volvía mas rico que jamás lo había estado, no dejé de repartir en torno mío el bienestar, haciendo muchas dádivas a los necesitados. Y viví en un reposo perfecto desde el seno de la alegría y los placeres.
Pero cenad en mi casa esta noche, ¡oh mis amigos! y no faltéis mañana para escuchar el relato de mi sexto viaje, porque es verdaderamente asombroso y os hará olvidar las aventuras que acabáis de oír, por muy extraordinarias que hayan sido."
Luego, terminada esta historia, Simbad el Marino, según su costumbre, hizo que entregaran las cien monedas de oro al cargador, que con los demás comensales retiróse maravillado, después de cenar. Y al día siguiente, después de un festín tan suntuoso como el de la víspera, Simbad el Marino habló en los siguientes términos ante la misma asistencia:


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LA SEXTA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE Simbad
EL MARINO, QUE TRATA DEL SEXTO VIAJE
"Sabed, ¡oh todos vosotros mis amigos, mis compañeros y mis queridos huéspedes! que al regreso de mi quinto viaje, estaba yo un día sentado delante de mi puerta tomando el fresco› y he aquí que llegué al límite del asombro cuando vi pasar por la calle unos mercaderes que al parecer volvían de viaje. Al verlos recordé con satisfacción los días de mis retornos, la alegría que experimentaba al encontrar a mis parientes, amigos y antiguos compañeros, y la alegría mayor aún, de volver a ver mi país natal; y este recuerdo incitó a mi alma al viaje y al comercio. Resolví, pues, viajar; compré ricas y valiosas mercaderías a propósito para el comercio por mar, mandé cargar los fardos y partí de la ciudad de Bagdad con dirección a la de Bassra. Allí encontré una gran nave llena de mercaderes y de notables, que llevaban consigo mercancías suntuosas. Hice embarcar mis, fardos con los suyos a bordo de aquel navío, y abandonamos en paz la ciudad de Bassra.
No dejamos de navegar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, vendiendo, comprando y alegrando la vista con el espectáculo de los países de los hombres, viéndonos favorecidos constantemente Por una feliz navegación, que aprovechábamos para gozar de la vida. Pero un día entre los días, cuando nos creíamos en completa seguridad, oímos gritos de desesperación. Era nuestro capitán, quien los lanzaba. Al mismo tiempo le vimos tirar al suelo el turbante, golpearse el rostro, mesarse las barbas y dejarse caer en mitad del buque, presa de un pesar inconcebible.
Entonces todos los mercaderes y pasajeros le rodeamos, y le preguntamos: "¡Oh capitán! ¿qué sucede?" El capitán respondió: "Sabed, buena gente aquí reunida, que nos hemos extraviado con nuestro navío, y hemos salido del mar en que estábamos para entrar en otro mar cuya derrota no conocemos. Y si Alah no nos depara algo que nos salve de este mar, quedaremos aniquilados cuantos estamos aquí. ¡Por lo tanto, hay que suplicar a Alah el Altísimo que nos saque de este trance!"
Dicho esto, el Capitán se levantó y subió al palo mayor, y quiso arreglar las velas; pero de pronto sopló con violencia el viento y echó al navío hacia atrás tan bruscamente, que se rompió el timón cuando estábamos cerca de una alta montaña. Entonces el capitán bajó del palo, y exclamó: "¡No hay fuerza ni recurso más que en Alah el Altísimo y Todopoderoso! ¡Nadie puede detener al Destino! ¡Por Alah! ¡Hemos caído en una perdición espantosa, sin ninguna probabilidad de salvarnos!"
Al oír tales palabras, todos los pasajeros se echaron llorar por propio impulso, y despidiéndose unos de otros, antes de que se acabase su existencia y se perdiera toda esperanza. Y de pronto el navío se inclinó hacia la montaña, y se estrelló y se dispersó en tablas por todas partes. Y cuantos estaban dentro se sumergieron. Y los mercaderes cayeron al mar. Y unos se ahogaron y otros se agarraron a la montaña consabida y pudieron salvarse. Yo fui uno de los que pudieron agarrarse a la montaña.
Estaba tal montaña situada en una isla muy grande, cuyas costas aparecían cubiertas por restos de buques naufragados y de toda clase de residuos. En el sitio en que tomamos tierra, vimos a nuestro alrededor una cantidad prodigiosa de fardos, y mercancías, y objetos valiosos de todas clases, arrojados por el mar.
Y yo empecé a andar, por en medio: de aquellas cosas dispersas, y a los pocos pasos llegué a un riachuelo de agua dulce que, al revés de todos los demás ríos que van a desaguar en el mar, salía de la montaña y se alejaba del mar, para internarse más adelante en una gruta situada al pie de aquella montaña y desaparecer por ella.
Pero había más. Observé que las orillas de aquel río estaban sembradas de piedras, de rubíes, de gemas de todos los colores, de pedrería de todas formas y de metales preciosos. Y todas aquellas piedras abundaban tanto como los guijarros en el cauce de un río. Así es que todo aquel terreno brillaba y centelleaba con mil reflejos y luces, de manera que los ojos no podían soportar su resplandor.
Noté también que aquella isla contenía la mejor calidad de madera de áloe chino Y de áloe comarí.
También había en aquella isla una fuente de ámbar bruto líquido, del color del betún, que manaba como cera derretida por el suelo bajo la acción del sol y salían del mar grandes peces para devorarlo. Y se lo calentaban dentro y lo vomitaban al poco tiempo en la superficie del agua y entonces se endurecía y cambiaba de naturaleza y color. Y las olas lo llevaban a la orilla, embalsamándola. En cuanto al ámbar que no tragaban los peces, se derretía bajo la acción de los rayos del sol, y esparcía por toda la isla un olor semejante al del almizcle.
He de deciros asimismo que todas aquellas riquezas no le servían a nadie, puesto que nadie pudo llegar a aquella isla y salir de ella vivo ni muerto. En efecto todo navio que se acercaba a sus costas estrellábase contra la montaña; y nadie podía subir a la montaña porque era inaccesible.
De modo que los pasajeros que lograron salvarse del naufragio de nuestra nave, y yo entre ellos, quedamos muy perplejos, y estuvimos en la orilla, asombrados con todas las riquezas que teníamos a la vista, y con la mísera suerte que nos aguardaba en medio de tanta suntuosidad.
Así estuvimos durante bastante rato en la orilla, sin saber qué hacer y después, como habíamos encontrado algunas provisiones, nos las repartimos con toda equidad. Y mis compañeros, que no estaban acostumbrados a las aventuras, se comieron su parte de una vez o en dos; y no tardaron al cabo de cierto tiempo, variable según la resistencia de cada cual, en sucumbir uno tras otro por falta de alimento. Pero yo supe economizar con prudencia mis víveres y no comí más que una vez al día, aparte de que había encontrado otras provisiones de las cuales no dije palabra a mis compañeros.
Los primeros que murieron fueron enterrados por los demás después de lavarles y meterles en sudarios confeccionados con las telas recogidas en la orilla. Con las privaciones vino a complicarse una epidemia de dolores de vientre, originada por el clima húmedo del mar. Así es que mis compañeros no tardaron en morir hasta el último, y yo abrí con mis manos la huesa del postrer camarada.
En aquel momento, ya me quedaban muy pocas provisiones, a pesar de mi economía y prudencia, y como vela acercarse el momento de la muerte, empecé a llorar por mí, pensando: ¿Por qué no sucumbí antes que mis compañeros, que me hubieran rendido el último tributo, lavándome y sepultándome? ¡No hay recurso ni fuerza más que en Alah el Omnipotente!" Y en seguida empecé a morderme las manos con desesperación.
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 310 NOCHE
Ella dijo:
... empecé a morderme las manos con desesperación.
Me decidí entonces a levantarme, y empecé a abrir una fosa profunda, diciendo para mí: "Cuando sienta llegar mi último momento, me arrastraré hasta allí y me meteré en la fosa, donde moriré. ¡El viento se encargará de acumular poco a poco la arena encima de mi cabeza, y llenará el hoyo!" Y mientras verificaba aquel trabajo, me echaba en cara mi falta de inteligencia y mi salida de mi país después de todo lo que me había ocurrido en mis diferentes viajes, y de lo que había experimentado la primera, y la segunda, y la tercera, y la cuarta, y la quinta vez, siendo cada prueba peor que la anterior. Y decía para mí: "¡Cuántas veces te arrepentiste para volver a empezar! ¿Qué necesidad tenías de viajar nuevamente? ¿No poseías en Bagdad riquezas bastantes para gastar sin cuento y sin temor a que se te acabaran nunca los fondos suficientes para dos existencias como la tuya?"
A estos pensamientos sucedió pronto otra reflexión sugerida por la vista del río. En efecto, pensé: ¡Por Alah! Ese río indudablemente ha de tener un principio y un fin. Desde aquí veo el principio, pero el fin es invisible. No obstante, ese río que se interna así por debajo de la montaña, sin remedio ha de salir al otro lado por algún sitio. De modo que la única idea práctica para escaparme de aquí, es construir una embarcación cualquiera, meterme en ella y dejarme llevar por la corriente del agua que entra en la gruta. Si es mi destino, ya encontraré de ese modo el medió de salvarme; ¡si no, moriré ahí dentro y será menos espantoso que perecer de hambre, en esta playa!
Me levanté, pues, algo animado por esta idea, y en seguida me puse a ejecutar mi proyecto. Junté grandes haces de madera de áloes comarí y chino; los até sólidamente con cuerdas; coloqué encima grandes tablones recogidos de la orilla y procedentes de los barcos náufragos, y con todo confeccioné una balsa tan ancha como el río, o mejor dicho, algo menos ancha, pero poco. Terminado este trabajo, cargué la balsa con algunos sacos grandes llenos de rubíes, perlas y toda clase de pedrerías, escogiendo las más gordas, que eran como guijarros, y cogí también algunos fardos de ámbar gris, que elegí muy bueno y libre de impurezas; y no deje tampoco de llevarme las provisiones que me quedaban. Lo puse todo bien acondicionado sobre la balsa, que cuidé de proveer de dos tablas a guisa de remos, y acabé por embarcarme en ella, confiando en la voluntad de Alah y recordando estos versos del poeta:
¡Amigo, apártate de los lugares en que reina la opresión, y deja que resuene la morada con los gritos de duelo de quienes la construyeron.
¡Encontrarás tierra distinta de tu tierra; pero tu alma es una sola y no encontrarás otra!
¡Y no te aflijas ante los accidentes de las noches, pues por muy grandes que sean las desgracias, siempre tienen un término!
¡Y sabe que aquel cuya muerte fue decretada de antemano en una tierra, no podrá morir en otra!
¡Y en tu desgracia no envíes mensajes a ningún consejero; ningún, consejero mejor que el alma propia!
La balsa fue, pues, arrastrada por la corriente bajo la bóveda de la gruta, donde empezó a rozar con aspereza contra las paredes, y también mi cabeza recibió varios choques mientras que yo, espantado por la obscuridad completa en que me vi de pronto, quería ya volver a la playa. Pero no podía retroceder; la fuerte corriente me arrastraba cada vez más adentro, y el cauce del río tan pronto se estrechaba como se ensanchaba, en tanto que iban haciéndose más densas las tinieblas a mi alrededor, cansándome muchísimo. Entonces, soltando los remos que por cierto no me servían para gran cosa, me tumbó boca abajo en la balsa con objeto de no romperme el cráneo contra la bóveda, y no se cómo fui insensibilizándome en un profundo sueño.
Debió éste durar un año o más, a juzgar por la pena que lo originó. El caso es que al despertarme me encontré en plena claridad. Abrí más los ojos y me encontró tendido en la hierba de una vasta campiña, y mi balsa estaba amarrada junto a un río; y alrededor de mí había indios y abisinios.
Cuando me vieron ya, despierto aquellos hombres, se pusieron a hablarme, pero no entendí nada de su idioma y no les pude contestar. Empezaba a creer que era un sueño todo aquello, cuando advertí que hacia mí avanzaba un hombre que me dijo en árabe: "¡La paz contigo, ¡oh hermano nuestro! ¿Quién eres, de dónde vienes y qué motivo te trajo a este país? Nosotros somos labradores que venimos aquí a regar nuestros campos y plantaciones. Vimos la balsa en que te dormiste y la hemos sujetado y amarrado a lo orilla. Después nos aguardamos a que despertaras tú solo, para no asustarte. ¡Cuéntanos ahora qué aventura te condujo a este lugar!" Pero yo contesté: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh señor! dame primeramente de comer, porque tengo hambre, y pregúntame luego cuanto gustes!"
Al oír estas palabras, el hombre se apresuró a traerme alimento y comí hasta que me encontré harto, y tranquilo, y reanimado. Entonces comprendí que recobraba el alma, y di gracias a Alah por lo ocurrido, y me felicité de haberme librado de aquel río subterráneo. Tras de lo cual conté a quienes me rodeaban todo lo que me aconteció, desde el principio hasta el fin.
Cuando hubieron oído mi relato, quedaron maravillosamente asombrados, y conversaron entre sí, y el que hablaba árabe me explicaba lo que se decían como, también les había hecho comprender mis palabras. Tan admirados estaban, que querían llevarme junto a su rey para que oyera mis aventuras. Yo consentí inmediatamente, y me llevaron. Y no dejaron tampoco de transportar la balsa como estaba, con sus fardos de ámbar y sus sacos llenos de pedrería.
El rey, al cual le contaron quién era yo, me recibió con mucha cordialidad, y después de recíprocas zalemas me pidió que yo mismo le contase mis aventuras. Al punto obedecí, y le narré cuanto me había ocurrido, sin omitir nada. Pero no es necesario repetirlo.
Oído mi relato, el rey de aquella isla, que era la de Serendib, llegó al límite del asombro y me felicitó mucho por haber salvado la vida a pesar de tanto peligro corrido. En seguida quise demostrarle que los viajes me sirvieron de algo, y me apresuré a abrir en su presencia mis sacos y mis fardos. Entonces el rey, que era muy inteligente en pedrería, admiró mucho mi colección, y yo, por deferencia a él, escogí un ejemplar muy hermoso de cada especie de piedra, como así mismo perlas grandes y pedazos enteros de oro y plata, y se los ofrecí de regalo. Avínose a aceptarlos, y en cambio me colmó de consideraciones y honores, y me rogó que habitara en su propio palacio. Así lo hice, y desde aquel día llegué a ser amigo del rey y uno de los personajes principales de la isla. Y todos me hacían preguntas acerca de mi país, y yo les contestaba, y les interrogaba acerca del suyo, y me respondían. Así supe que la isla de Serendib tenía ochenta parasanges de longitud y ochenta de anchura; que poseía una montaña que era la más alta del mundo, en cuya cima había vivido nuestro padre Adán cierto tiempo; que encerraba muchas perlas y piedras preciosas, menos bellas, en realidad, que las de mis fardos, y muchos cocoteros.
Un día el rey de Serendib me interrogó acerca de los asuntos públicos de Bagdad, y del modo que tenía de gobernar el califa Harún Al-Rachid. Y yo le conté cuán equitativo y magnánimo era el califa y le hablé extensamente de sus méritos y buenas cualidades. Y el rey de Screndib se maravilló y me dijo: "¡Por Alah!' ¡Veo que el califa conoce verdaderamente la cordura y el arte de gobernar su imperio, y acabas de hacer que le tomo gran afecto! ¡De modo que desearía prepararle algún regalo digno de él, y enviárselo contigo!" Yo contestó en seguida: "¡Escucho y obedezco, ¡oh mi señor! ¡Ten la seguridad de que entregaré fielmente tu regalo al califa, que llegará al límite del encanto! ¡Y al mismo tiempo le diré cuán excelente amigo suyo eres, y que puede contar con tu alianza!"
Oídas estas palabras, el rey de Serendib dio algunas órdenes a sus chambelanes, que se apresuraron a obedecer. Y he aquí en qué consistía el regalo que me dieron para el califa Harún Al-Rachid. Primeramente había una gran vasija tallada en un solo rubí de color admirable, que tenía medio pie de altura y un dedo de espesor. Esta vasija, en forma de copa, estaba completamente llena de perlas redondas y blancas, como una avellana cada una. Además, había un alfombra hecha con una enorme piel de serpiente, con escamas grandes como un dínar de oro, que tenía la virtud de curar todas las enfermedades a quienes se acostaban en ella. En tercer lugar había doscientos granos de alcanfor exquisito, cada cual del tamaño de un alfónsigo. En cuarto lugar había dos colmillos de elefante, de doce codos de largo cada uno, y dos de ancho en la base. Y por último había una hermosa joven de Serendib, cubierta de pedrerías.
Al mismo tiempo el rey me entregó una carta para el Emir de los Creyentes, diciéndome: "Discúlpame con el califa de lo poco que vale mi regalo. ¡Y has de decirle lo mucho que le quiero! Y yo contesté. "¡Escucho y obedezco!" Y le besé la mano. Entonces, me dijo: "De todos modos, Simbad, si prefieres quedarte en mi reino, te tendré sobre mi cabeza y mis ojos; y en ese caso en-viaré a otro en tu lugar junto al califa de Bagdad". Entonces exclamé: "¡Por Alah! Tu esplendidez es gran esplendidez, y me has colmado de beneficios. ¡Pero precisamente hay un barco que va a salir para Bassra y mucho desearía embarcarme en él para volver a ver a mis parientes, a mis hijos y mi tierra!"
Oído esto, el rey no quiso insistir en que me quedase, y mandó llamar inmediatamente al capitán del barco, así como a los mercaderes que iban a ir conmigo, y me recomendó mucho a ellos, encargándoles que me guardaran toda clase de consideraciones. Pagó el precio de mi pasaje y me regaló muchas preciosidades que conservo todavía, pues no pude decidirme a vender lo que me recuerda al excelente rey de Serendib. Después de despedirme del rey y de todos los amigos que me hice durante mi estancia en aquella isla tan encantadora, me embarqué en la nave, que en seguida se dio a la vela. Partimos con viento favorable y navegamos de isla en isla y de mar en mar, hasta que, gracias a Alah, llegamos con toda seguridad a Bassra, desde donde me dirigí a Bagdad con mis riquezas y el presente destinado al califa.
De modo que lo primero que hice fue encaminarme al palacio del Emir de los Creyentes; me introdujeron en el salón de recepciones, y besé la tierra entre las manos del califa, entregándole la carta y los presentes, y contándole mi aventura con todos sus detalles.
Cuando el califa acabó de leer la carta del rey de Serendib y examinó los presentes, me preguntó si aquel rey era tan rico y poderoso como lo indicaban su carta y sus regalos. Yo contesté: "¡Oh Emir de los Creyentes! Puedo asegurar que el rey de Serendib no exagera. Además, a su poderío y su riqueza añade un gran sentimiento de justicia, y gobierna sabiamente a su pueblo. Es el único kadí de su reino, cuyos habitantes son, por cierto, tan pacíficos, que nunca suelen tener litigios. ¡Verdaderamente, el rey es digno de tu amistad, ¡oh Emir de los Creyentes!"
El califa quedó satisfecho de mis palabras, y me dijo: "La carta que acabo de leer y tu discurso me demuestraa que el rey de Serendib es un hombre excelente que no ignora los preceptos de la sabiduría y sabe vivir. ¡Dichoso el pueblo gobernado por él!" Después el califa me regaló un ropón de honor y ricos presentes, y me colmó de prerrogativas, y quiso que escribieran mi historia los escribas más hábiles para conservarla en los archivos del reino.
Y me retiró entonces, y corrí a mi calle y a mi casa, y viví en el seno de las riquezas y los honores, entre mis parientes y amigos, olvidando las pasadas tribulaciones y sin pensar mas que en extraer de la existencia cuantos bienes pudiera proporcionarme.
Y tal es mi historia durante el sexto viaje. Pero mañana, ¡oh huéspedes míos! Os contaré la historia de mi séptimo viaje, que es más maravilloso, y más admirable, Y más abundante en prodigios que los otros seis juntos."
Y Simbad el Marino mandó poner el mantel para el festín y dio de comer a sus huéspedes, incluso a Simbad el Cargador, a quien mandó entregaran, antes de que se fuera, cien monedas de oro como los demás días. Y el cargador se retiró a su casa, maravillado de cuanto acababa de oír. Y al día siguiente hizo su oración de la mañana y volvió al palacio de Simbad el Marino. Cuando estuvieron reunidos todos los invitados, y comieron, y bebieron, y conversaron, y rieron, y oyeron los cantos y la música, se colocaron en corro, graves y silenciosos. Y habló así Simbad el Marino:
LA SÉPTIMA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE Simbad EL MARINO,
QUE TRATA DE LA SÉPTIMA Y ÚLTIMA HISTORIA
"Sabed, ¡oh amigos míos! que al regreso del sexto viaje, di resueltamente de lado a toda idea de emprender en lo sucesivo otros, pues aparte de que mi edad me impedía hacer excursiones lejanas, ya no tenía yo deseos de acometer nuevas aventuras, tras de tanto peligro corrido y tanto mal experimentado. Además, había llegado a ser el hombre más rico de Bagdad, y el califa me mandaba llamar con frecuencia para oír de mis labios el relato de las cosas extraordinarias que en mis viajes vi.
Un día que el califa ordenó que me llamaran, según su costumbre, me disponía a contarle una, o dos, o tres de mis aventuras, cuando me dijo: "Simbad, hay que ir a ver al rey de Serendib para llevarle mi contestación y los regalos que le destino. Nadie conoce como tú el camino de esa tierra, cuyo rey se alegrará mucho de volver a verte. ¡Prepárate, pues, a salir hoy mismo, porque no me estaría bien quedar en deuda con el rey de aquella isla, ni sería digno retrasar más la respuesta y el envío!"
Ante mi vista se ennegreció el mundo, y llegué al limite de la perplejidad y la sorpresa al oír estas palabras del califa. Pero logré dominarme, para no caer en su desagrado. Y aunque había hecho voto de no volver a salir de Bagdad, besé la tierra entre las manos del califa, y contesté oyendo y obedeciendo. Entonces ordenó que me dieran mil dinares de oro para mis gastos de viaje, y me entregó una carta de su puño y letra y los regalos destinados al rey de Serendib.
Y he aquí en qué consistían los regalos: en primer lugar una magnífica cama, completa, de terciopelo carmesí, que valía una cantidad enorme de dinares de oro; además, había otra cama de otro color, y otra de otro; había también cien trajes de tela fina y bordada de Kufa y Alejandría, y cincuenta de Bagdad. Había una vasija de cornalina blanca procedente de tiempos, muy remotos. en cuyo fondo figuraba un guerrero armado con su arco tirante contra un león. Y había otras muchas cosas que sería prolijo enumerar, y un tronco de caballos de la más pura raza árabe...
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 312 NOCHE
Ella dijo:
... un tronco de caballos de la más pura raza árabe.
Entonces me vi obligado a partir contra mi gusto aquella vez, y me embarqué en una nave que salía de Bassra. Tanto nos favoreció el Destino, que a los dos meses, día tras día, llegamos a Serendib con toda seguridad. Y me apresuré a llevar al rey la carta y los obsequios del Emir de los Creyentes. Al verme, se alegró y satisfizo el rey, quedando muy complacido de la cortesía del califa. Quiso entonces retenerme a su lado una larga temporada; pero yo no accedí a quedarme más que el tiempo preciso para descansar. Después de lo cual me despedí de él, y colmado de consideraciones y regalos, me apresuré a embarcarme de nuevo para tomar el camino de Bassra, por donde había ido. Al principio nos fue favorable el viento, y el primer sitio a que arribamos fue una isla llamada la isla de Sin. Y realmente, hasta entonces habíamos estado contentísimos, y durante toda la travesía hablábamos unos con otros, conversando tranquila y agradablemente acerca de mil cosas. Pero un día, a la semana después de haber dejado la isla, en la cual los mercaderes habían hecho varios cambios y compras, mientras estábamos tendidos tranquilos, como de costumbre, estalló de pronto sobre nuestras cabezas una tormenta terrible y nos inundó una lluvia torrencial. Entonces nos apresuramos a tender tela de cáñamo encima de nuestros fardos y mercancías para evitar que el agua los estropease, y empezamos a suplicar a Alah, que alejase el peligro de nuestro camino.
En tanto permanecíamos en aquella situación, el capitán del buque se levantó, apretóse el cinturón a la cintura, se remangó las mangas y la ropa, y después subió al palo mayor, desde el cual estuvo mirando bastante tiempo a derecha e izquierda. Luego bajó con la cara muy amarilla, nos miró con aspecto completamente desesperado, y en silencio empezó a golpearse el rostro y a mesarse las barbas. Entonces corrimos hacia él muy asustados y le preguntamos: "¿Qué ocurre?" Y él contestó: "¡Pedidle a Alah que nos saque del abismo en que hemos caído! ¡Oh más bien, llorad por todos y despedíos unos de otros! ¡Sabed que la corriente nos ha desviado de nuestro camino, arrojándonos a los confines de los mares del mundo!"
Y después de haber hablado así, el capitán abrió un cajón, y sacó de él un saco de algodón, del cual extrajo polvo que parecía ceniza. Mojó el polvo con un poco de agua, esperó algunos momentos, y se puso luego a aspirar aquel producto. Después sacó del cajón un libro pequeño, y leyó entre dientes algunas páginas, y acabó por decimos: "Sabed, ¡oh pasajeros! que el libro prodigioso acaba de confirmar mis suposiciones. La tierra que se dibuja ante nosotros en lontananza, es la tierra conocida con el nombre de Clima de los Reyes. Ahí se encuentra la tumba de nuestro señor Soleimán ben-Daúd (¡con ambos la plegaria y la paz!) Ahí se crían monstruos y serpientes de espantable catadura. Además, el mar en que nos encontramos está habitado por monstruos marinos que se pueden tragar de un bocado los navíos mayores con cargamento y pasajeros! ¡Ya estáis avisados! ¡Adiós!"
Cuando oímos estas palabras del capitán, quedamos de todo punto estupefactos, y nos preguntábamos qué espantosa catástrofe iría a pasar, cuando de pronto nos sentimos levantados con barco y todo, y después hundidos bruscamente, mientras se alzaba del mar un grito más terrible que el trueno. Tan espantados quedamos que dijimos nuestra última oración, y permanecimos inertes como muertos. Y de improviso vimos que sobre el agua revuelta y delante de nosotros, avanzaba hacia el barco un monstruo tan alto y tan grande como una montaña, y después otro monstruo mayor, y detrás otro tan enorme como los dos juntos. Este último brincó de pronto por el mar, que se abría como una sima, mostró una boca más profunda que un abismo, y se tragó las tres cuartas partes del barco con cuanto contenía. Yo tuve el tiempo justo para retroceder hacia lo alto del buque y saltar al mar, mientras el monstruo acababa de tragarse la otra cuarta parte, y desaparecía en las profundidades con sus dos compañeros.
Logré agarrarme a uno de los tablones que habían saltado del barco al darle la dentellada el monstruo marino, y después de mil dificultades pude llegar a una isla que afortunadamente estaba cubierta de árboles frutales y regada por un río de agua excelente. Pero noté que la corriente del río era rápida hasta el punto de que el ruido que hacía oíase muy a lo lejos. Entonces, y al recordar como me salvé de la muerte en la isla de las pedrerías, concebí la idea de construir una balsa igual a la anterior y dejarme llevar por la corriente. En efecto, a pesar de lo agradable de aquella isla nueva, yo pretendía volver a mi país. Y pensaba: "Si logro salvarme, todo irá bien, y haré voto de no pronunciar siquiera la palabra viaje, y de no pensar en tal cosa durante el resto de mi vida. ¡En cambio, si perezco en la tentativa, todo irá bien asimismo, porque acabaré definitivamente con peligros y tribulaciones."
Me levanté, pues, inmediatamente, y después de haber comido alguna fruta, recogí muchas ramas grandes cuya especie ignoraba entonces, aunque luego supe eran de sándalo, de la calidad más estimada por los mercaderes, a causa de su rareza. Después empecé a buscar cuerdas y cordeles, y al principio no los encontré; pero vi en los árboles unas plantas trepadoras y flexibles, muy fuertes, que podían servirme. Corté las que me hicieron falta, y las utilicé para atar entre sí las ramas grandes de sándalo. Preparé de este modo una enorme balsa, en la cual coloqué fruta en abundancia, y me embarqué diciendo: "¡Si me salvo, lo habrá querido Alah!"
Apenas subí a la balsa Y me hube separado de la orilla, me vi arrastrado con una rapidez espantosa por la corriente, y sentí vértigos, y caí desmayado encima del montón de fruta exactamente igual que un pollo borracho.
Al recobrar el conocimiento, miré a mi alrededor, y quedé más inmóvil de espanto que nunca, y ensordecido por un ruido como el del trueno. El río no era más que un torrente de espuma hirviente, y más veloz que el viento, que chocando con estrépito contra las rocas, se lanzaba hacia un precipicio que adivinaba yo más que veía. ¡Indudablemente iba a hacerme pedazos en él, despeñándome sabe quién desde qué altura!
Ante esta idea aterradora, me agarré con todas mis fuerzas a las ramas de la balsa, y cerré los ojos instintivamente para no verme aplastado y destrozado, e invoqué el nombre de Alah antes de morir. Y de pronto, en vez de rodar hasta el abismo, comprendí que la balsa se paraba bruscamente encima del agua, y abrí los ojos un minuto por saber a qué distancia estaba de la muerte, y no fue para verme estrellado contra los peñascos, sino cogido con mi balsa en una inmensa red, que unos hombres echaros sobre mí desde la ribera. De esta suerte me hallé cogido y llevado a tierra, y allí me sacaron o vivo y medio muerto de entre las mallas de la red, en tanto transportaban a la orilla mi balsa. Mientras yo permanecía tendido, inerte y tiritando, se adelantó hacia mí un venerable jeique de barbas blancas, que empezó por desearme la bienvenida, y por cubrirme- con ropa caliente que me sentó muy bien. Reanimado ya por las fricciones y el masaje que tuvo la bondad de darme el anciano, pude sentarme, pero sin recobrar todavía el uso de la palabra.
Entonces el anciano me cogió del brazo, y me llevó suavemente al hammam, en donde me hizo tomar un baño excelente que acabó de restituirme el alma; después me hizo aspirar perfumes exquisitos y me los echó por todo el cuerpo, y me llevó a su casa.
Cuando entré en la morada de aquel anciano, toda su familia se alegró mucho de mi llegada, y me recibió con gran cordialidad y demostraciones amistosas. El mismo anciano hizome sentar en medio del diván de la sala de recepción, y me dio a comer cosas de primer orden, y a beber un agua agradable perfumada con flores. Después quemaron incienso a mi alrededor, y los esclavos me trajeron agua caliente y aromatizada para lavarme las manos, y me presentaron servilletas ribeteadas de seda, para secarme los dedos las barbas y la boca. Tras de lo cual el anciano me llevó a una habitación muy bien amueblada, en donde quedé solo, porque se retiró con mucha discreción. Pero dejó a mis órdenes varios esclavos que de cuando en cuando iban a verme por si necesitaba sus servicios.
Del propio modo me trataron durante tres días, sin que nadie me interrogase ni me dirigiera ninguna pregunta, y no dejaban que careciese de nada, cuidándome con mucho esmero, hasta que recobré completamente las fuerzas, y mi alma y mi corazón se calmaron y refrescaron. Entonces, o sea la mañana del cuarto día, el anciano se sentó a mi lado, y después de las zalemas, me dijo: "¡Oh huésped, cuanto placer y satisfacción hubo de proporcionarnos tu presencia! ¡Bendito sea Alah, que nos puso en tu camino para salvarte del abismo! ¿Quién eres y de dónde vienes?" Entonces di muchas gracias al anciano por el favor enorme que me había hecho salvándome la vida y luego dándome de comer excelentemente, y de beber excelentemente, y perfumándome excelentemente, y le dije: ".¡Me llamo Simbad el Marino! ¡Tengo este sobrenombre a consecuencia de mis grandes viajes por mar y de las cosas extraordinarias que me ocurrieron, y que si se escribieran con agujas en el ángulo de un ojo, servirían de lección a los lectores atentos!" Y le conté al anciano mi historia desde el principio hasta el fin, sin omitir detalle.
Quedó prodigiosamente asombrado entonces el jeique, y estuvo una hora sin poder hablar, conmovido por lo que acababa de oír. Luego levantó la cabeza, me reiteró la expresión de su alegría por haberme socorrido, y me dijo: "¡Ahora, ¡oh huésped mío! si quisieras oír mi consejo, venderías aquí tus mercancías, que valen mucho dinero por su rareza y calidad!"
Al oír las palabras del viejo, llegué al límite del asombro, y no sabiendo lo que quería decir ni de qué mercancías hablaba, pues yo estaba desprovisto de todo, empecé por callarme un rato, y como de ninguna manera quería dejar escapar una ocasión extraordinaria que se presentaba inesperadamente, me hice el enterado, y conteste: "¡Puede que sí!" Entonces el anciano me dijo: "No te preocupes, hijo mío, respecto a tus mercaderías. No tienes más que levantarte y acompañarme al zoco. Yo me encargo de todo lo demás. Si la mercancía subastada produce un precio que nos convenga, lo aceptaremos; si no, te haré el favor de conservarla en mi almacén hasta que suba en el mercado. ¡Y en tiempo oportuno podremos sacar un precio más ventajoso!"
Entonces quedé interiormente cada vez más perplejo; pero no lo di a entender, sino que pensé: "¡Ten paciencia, Simbad, y ya sabrás de qué se trata!" Y dije al anciano: "¡Oh mi venerable tío, escucho y obedezco! ¡Todo lo que tú dispongas me parecerá lleno de bendición! ¡Por mi parte, después de cuanto por mí hiciste, me conformaré con tu voluntad!" Y me levanté inmediatamente y le acompañé al zoco.
Cuando llegarnos al centro del zoco en que se hacía la subasta pública, ¡cuál no sería mi asombro al ver mi balsa transportada allí y rodeada de una multitud de corredores y mercaderes qué la miraban con respeto y moviendo la cabeza! Y por todas partes oía exclamaciones de admiración: "¡Ya Alah! ¡Qué maravillosa calidad de sándalo! ¡En ninguna parte del mundo la hay mejor!" Entonces comprendí cuál era la mercancía consabida, y creí conveniente para la venta tornar un aspecto digno y reservado.
Pero he aquí que en seguida, el anciano protector mío, aproximándose al jefe de los corredores, le dijo: "¡Empiece, la subasta!" Y se empezó con el precio de mil dinares por la balsa. Y el jefe corredor exclamó: "¡A mil dinares la balsa de sándalo, ¡oh compradores! Entonces gritó él anciano: "¡La compro en dos mil!" Y otro gritó: "¡En tres mil!" Y los mercaderes siguieron subiendo el precio hasta diez mil dinares. Entonces se encaró conmigo el jefe de los corredores y me dijo: "¡Son diez mil; ya no puja nadie!" Y yo dije: "¡No la vendo en ese precio!"
Entonces mi protector se me acercó y me dijo: "¡Hijo mío, el zoco, en estos tiempos, no anda muy próspero, y la mercancía ha perdido algo de su valor! Vale más que aceptes el precio que te ofrecen. Pero yo, si te parece, voy a pujar otros cien dinares más. ¿Quieres dejármelo en diez mil cien dinares?" Yo contesté: " ¡Por Alah! mi buen tío, sólo por ti lo hago para agradecer tus beneficios. ¡Consiento en dejártelo por esa cantidad!" Oídas estas palabras, el anciano mandó a sus esclavos que transportaran todo el sándalo a sus almacenes de reserva, y me llevó a su casa, en la cual me contó inmediatamente los diez mil cien dinares, y los encerró en una caja sólida cuya llave me entregó, dándome encima las gracias por lo que había hecho en su favor.
Mandó en seguida poner el mantel, y comimos, y bebimos, y charlamos alegremente. Después nos lavamos las manos y la boca, y por fin me dijo: "¡Hijo mío, quiero dirigirte una petición, que deseo mucho aceptes!" Yo le contesté: "¡Mi buen tío, todo te lo concederé a gusto!" Él me dijo: "Ya ves, hijo mío, que he llegado a una edad muy avanzada sin tener hijo varón que pueda heredar un día mis bienes. Pero he de decirte que tengo una hija, muy joven aún, llena de encanto y belleza, que será muy rica cuando yo me muera. Deseo dártela en matrimonio siempre que consientas en habitar en nuestro país y vivir nuestra vida. Así serás el amo de cuanto poseo y de cuanto dirige mi mano. ¡Y me sustituirás en mi autoridad y en la posesión de mis bienes!"
Cuando oí estas palabras del anciano, bajé la cabeza en silencio y permanecí sin decir palabra. Entonces añadió: "¡Créeme, ¡oh hijo mío! que si me otorgas lo que te pido te atraerá la bendición! ¡Añadiré, para tranquilizar tu alma, que después de mi muerte podrás regresar a tu tierra, llevándote a tu esposa e hija mía! ¡No te exijo sino que permanezcas aquí el tiempo que me quede de vida!" Entonces contesté: "¡Por Alah, mi tío el jeique, eres como un padre para mi, y ante ti no puedo tener opinión ni tomar otra resolución que la que te convenga! Porque cada vez que en mi vida quise ejecutar un proyecto, no hube de sacar más que desgracias y decepciones. ¡Estoy, pues, dispuesto a conformarme con tu voluntad!"
En seguida el anciano, extremadamente contento con mi respuesta, mandó a sus esclavos que fueran a buscar al kadí y a los testigos, que no tardaron en llegar..
En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 314 NOCHE
Ella dijo:
... al kadi y a los testigos, que no tardaron en llegar. Y el anciano me casó con su hija, y nos dio un festín enorme, y celebró una boda espléndida. Después me llamó y me llevó junto a su hija, a la cual aun no había yo visto. Y la encontró perfecta en hermosura y gentileza, en esbeltez de cintura y en proporciones. Además, la vi adornada con suntuosas alhajas, sedas y brocados, joyas y pedrerías, y lo que llevaba encima valía millares y millares de monedas de oro, cuyo importe exacto nadie había podido calcular.
Y cuando la tuve cerca, me gustó. Y nos enamorarnos uno de otro. Y vivimos mucho tiempo juntos, en el colmo de las caricias y la felicidad.
El anciano padre de mi esposa falleció al poco tiempo en la paz y misericordia del Altísimo. Le hicimos unos grandes funerales y lo enterramos. Y yo tomé posesión de todos sus bienes, y sus esclavos y servidores fueron mis esclavos y servidores, bajo mi única autoridad. Además, los mercaderes de la ciudad me nombraron su jefe en lugar del difunto, y pude estudiar las costumbres de los habitantes de aquella población y su manera de vivir.
En efecto, un día noté con estupefacción que la gente de aquella ciudad experimentaba un cambio anual en primavera; de un día a otro mudaban de forma y aspecto: les brotaban alas de los hombros, y se convertían en volátiles. Podían volar entonces hasta lo más alto de la bóveda aérea, y se aprovechaban de su nuevo estado para volar todos fuera de la ciudad, dejando en ésta a los niños y mujeres, a quienes nunca brotaban alas.
Este descubrimiento me asombró al principio; pero acabé por acostumbrarme a tales cambios periódicos. Sin embargo, llegó un día en que empecé, a avergonzarme de ser el único hombre sin alas, viéndome obligado a guardar yo solo la ciudad con las mujeres y los niños. Y por mucho que pregunté a los habitantes sobre el medio de que habría de valerme para que me saliesen alas en los hombros, nadie pudo ni quiso contestarme. Y me mortificó bastante no ser más que Simbad el Marino y no poder añadir a mi sobrenombre la condición de aéreo.
Un día, desesperado de conseguir nunca que me revelaran el secreto del crecimiento de las alas, me dirigí a uno, a quien había hecho muchos favores, y cogiéndole del brazo, le dije: "¡Por Alah sobre ti! Hazme el favor, por los que te he hecho yo a ti, de dejarme que me cuelgue de tu persona, y vuele contigo a través del aire. ¡Es un viaje que me tienta mucho, y quiero añadir a los que realicé por mar!" Al principio no quiso prestarme atención; pero a fuerza de súplicas acabé por moverle a accediera. Tanto me encantó aquello, que ni siquiera me cuidé de avisar a mi mujer ni a mi servidumbre, me colgué de él abrazándole por la cintura, y me llevó por el aire, volando con la alas muy desplegadas.
Nuestra carrera por el aire empezó ascendiendo en línea recta durante un tiempo considerable. Y acabamos por llegar tan arriba en la bóveda celeste, que pude oír distintamente cantar a los ángeles y sus melodías debajo de la cúpula del cielo.
Al oír cantos tan maravillosos, llegué al límite de la emoción religiosa, y exclamé "¡Loor a Alah en lo profundo del cielo! ¡Bendito y glorificado sea por todas las criaturas!"
Apenas formulé estas palabras, cuando mi portador lanzó un juramento tremendo, y bruscamente, entre el estrépito de un trueno precedido de terrible relámpago, bajó con tal rapidez que me faltaba el aire, y por poco me desmayo, soltándome de él con peligro de caer al abismo insondable. Y en un instante llegamos a la cima de una montaña, en la cual me abandonó mi Portador dirigiéndome una mirada infernal, y desapareció, tendiendo el vuelo por lo invisible.
Y quedé completamente solo en aquella montaña desierta, y no sabía dónde estaba, ni por dónde ir para reunirme con mi mujer, y exclamé en el colmo de la perplejidad: "¡No hay recurso ni fuerza más que en Alah el Altísimo y Omnipotente! ¡Siempre que me libro de una calamidad caiga en otra peor! ¡En realidad, merezco todo lo que me sucede!"
Me senté entonces en un peñasco Para reflexionar sobre el medio de librarme del mal presente, cuando de pronto vi adelantar hacia mí a dos muchachos de una belleza maravillosa, que parecían dos lunas. Cada uno llevaba en la mano un bastón de oro rojo, en el cual se apoyaba, al andar. Entonces me levanté rápidamente, fui a su encuentro y les deseé la paz. Correspondieron con gentileza a mi saludo, lo cual me alentó a dirigirles la palabra, y les dije: "¡Por Alah sobre vosotros, ¡oh maravillosos jóvenes! decidme, quiénes sois y qué hacéis!" Y me contestaron: "¡Somos adoradores del Dios verdadero!" Y uno de ellos, sin decir más, me hizo seña con la mano en cierta dirección, como invitándome a dirigir mis pasos por aquella parte, me entregó el bastón de oro, y cogiendo de la mano a su hermoso compañero; desapareció de mi vista.
Empuñé entonces el bastón de oro, y no vacilé en seguir el camino que se me había indicado, maravillándome al recordar a aquellos muchachos tan hermosos. Llevaba algún tiempo andando, cuando vi salir súbitamente de detrás de un peñasco una serpiente gigantesca que llevaba en la boca a un hombre, cuyas tres cuartas partes se había ya tragado, y del cual no se veían más que la cabeza y los brazos. Estos se agitaban desesperadamente, y la cabeza gritaba: "¡Oh caminante! ¡Sálvame del furor de esta serpiente y no te arrepentirás de tal acción!" Corrí entonces detrás de la serpiente, y le di con el bastón de oro rojo un golpe tan afortunado, que quedó exánime en aquel momento. Y alargué la mano al hombre tragado y le ayudé a salir del vientre de la serpiente.
Cuando miré mejor la cara del hombre, llegué al límite de la sorpresa al conocer que era el volátil que me había llevado en su viaje aéreo y había acabado por precipitarse conmigo, a riesgo de matarme, desde lo alto de la bóveda del cielo hasta la -cumbre de la montaña en la cual me había abandonado, exponiéndome a morir de hambre y sed. Pero ni siquiera quise demostrar rencor por su mala acción, y me conformé con decirle dulcemente: "¿Es así como obran los amigos con los amigos?" Él me contestó: "En primer lugar he de darte las gracias por lo que acabas de hacer en mi favor. Pero ignoras que fuiste tú, con tus invocaciones inoportunas pronunciando el Nombre, quien me precipitaste de lo alto contra mi voluntad. ¡El Nombre Produce ese efecto en todos nosotros! ¡Por eso no lo pronunciamos jamás!" Entonces yo, para que me sacara de aquella montaña, le dije: ¡Perdona y no me riñas; pues, en verdad, yo no podía adivinar las consecuencias funestas de mi homenaje al Nombre! ¡Te prometo no volverlo a pronunciar durante el trayecto, si quieres transportarme ahora a mi casa!"
Entonces el volátil se bajó, me cogió a cuestas, y en un abrir y cerrar de ojos me dejó en la azotea de mi casa y se fue para la suya.
Cuando mi mujer me vio bajar de la azotea y entrar en la casa después de tan larga ausencia, comprendió cuanto acababa de ocurrir, y bendijo a Alah que me había salvado una vez más de la perdición. Y tras las efusiones del regreso me dijo: "Ya no debemos tratarnos con la gente de esta ciudad. ¡Son hermanos de los demonios!" Y yo le dije: "¿Y cómo vivía tu padre entre ellos?" Ella me contestó: "Mi padre no pertenecía a su casta, ni hacía nada como ellos, ni vivía su vida. De todos modos, si quieres seguir mi consejo, lo mejor que podemos hacer ahora que mi padre ha muerto es abandonar esta ciudad impía, no sin haber vendido nuestros bienes, casa y posesiones. Realiza eso lo mejor que puedas, compra buenas mercancías con parte de la cantidad que cobres, y vámonos juntos a Bagdad, tu patria, a ver a tus parientes y amigos, viviendo en paz y seguros, con el respeto debido a Alah el Altísimo." Entonces contesté oyendo y obedeciendo.
En seguida empecé a vender lo mejor que pude, pieza por pieza, y cada cosa en su tiempo, todos los bienes de mi tío el jeique, padre de mi esposa, ¡difunto a quien Alah haya recibido en paz y misericordia! Y así realice en monedas de oro cuanto nos pertenecía, como muebles y propiedades, y gané un ciento por uno.
Después de lo cual me llevé a mi esposa y las mercancías que había cuidado de comprar, fleté por mi cuenta un barco, que con la voluntad de Alah tuvo navegación feliz y fructuosa, de modo que de isla en isla, y de mar en mar, acabamos por llegar con seguridad a Bassra, en donde paramos poco tiempo. Subimos el río y entramos en Bagdad, ciudad de paz.
Me dirigí entonces con mi esposa y mis riquezas hacia mi calle y mí casa, en donde mis parientes nos recibieron con grandes transporte de alegría, y quisieron mucho a mi esposa, la hija del jeique.
Yo me apresuré a poner en orden definitivo mis asuntos, almacené mis magníficas mercaderías,, encerré mis riquezas, y pude por fin recibir en paz las felicitaciones de mis parientes y amigos, que calculando el tiempo que estuve ausente, vieron que este séptimo y último viaje mío había durado exactamente veintisiete años desde el principio hasta el fin. Y les conté con pormenores mis aventuras durante esta larga ausencia, e hice el voto, que cumplo escrupulosamente, como veis, de no emprender en toda mi vida ningún otro viaje ni por mar ni por tierra. Y no dejé de dar gracias al Altísimo que tantas veces, a pesar de mis reincidencias, me libró de tantos peligros y me reintegró entre mi familia y mis amigos.
Cuando Simbad el Marino terminó de esta suerte su relato entre los convidados silenciosos y maravillados, se volvió hacia Simbad el Cargador y le dijo: "Ahora, Simbad terrestre, considera los trabajos que pasé y las dificultades que vencí, gracias a Alah y dime si tu suerte de cargador no ha sido mucho mas favorable para una vida tranquila que la que me impuso el Destino. Verdad es que sigues pobre y yo adquirí riquezas incalculables; pero ¿no es -verdad también que a cada uno de nosotros se le retribuyó, según su esfuerzo?" Al oír estas palabras, Simbad el Cargador fue a besar la mano de Simbad el Marino, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi amo! perdona lo inconveniente de mi canción!"
Entonces Simbad el Marino mandó poner el mantel para sus convidados, y les dio un festín que duró treinta noches. Y después quiso tener a su lado, como mayordomo de su casa a Simbad el Cargador. Y ambos vivieron en amistad perfecta y en el limite de la satisfacción, hasta que fue a visitarlos aquella que hace desvanecerse las delicias, rompe las amistades, destruye los palacios y levanta las tumbas, la amarga muerte. ¡Gloria al Eterno, que no muere jamás.
Cuando Schahrazada, la hija del visir, acabó de contar la historia de Simbad el Marino, sintióse un tanto fatigada, y como veía acercarse la mañana y no quería, por su discreción habitual, abusar del permiso concedido, se calló sonriendo.
Entonces la pequeña Doniazada, que maravillada y con los ojos muy abiertos había oído la historia pasmosa, se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada, y corrió a abrazar a su hermana, diciéndole: "¡Oh, Schahrazada, hermana mía! ¡cuán suaves, y puras, y gratas, y deliciosas para el paladar, y cuán sabrosas en su frescura, son tus palabras! ¡Y qué terrible, y prodigioso, y temerario era Simbad el Marino! Y Schahrazada sonrió y dijo:
"No creas, ¡oh rey afortunado! que todas las historias que has oído hasta ahora pueden valer de cerca ni de lejos lo que la HISTORIA PRODIGIOSA DE LA CIUDAD DE BRONCE, que me reservo contarte la noche próxima, si quieres.
Entonces el rey Schahriar dijo para sí: "No la mataré hasta después!" Y la pequeña Doniazada exclamó: "¡Oh qué amable serías, Schahrazada, si entretanto nos dijeras las primeras palabras!"
Entonces Schabrazada sonrió y dijo: "Cuentan que había un rey ¡Alah sólo es rey! en la ciudad, de...
En este momento de su narración Schahrazada vio aparecer la mañana y se calló discreta.
Por la mañana salió el rey y se fue a la sala de justicia. Y el diván se llenó con la muchedumbre de visires, emires, chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el último que entró fue el gran visir, padre de Schahrazada, que llevaba debajo del brazo el sudario destinado a su hija, a la cual creía aquella vez muerta de veras; pero el rey no le dijo nada del asunto, y siguió juzgando y nombrando para los empleos, y destituyendo gobernando, y despachando los asuntos pendientes hasta terminar el día. Luego se levantó el diván y el rey volvió a palacio, mientras el gran visir seguía perplejo y en el límite extremo del asombro.



Jaimito: Cuentos Populares: Simbad el Marino Parte II





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