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Cuentos de Perrault V

Retrato de Perrault Charles Perrault, nació en París el 12 de enero de 1628 y falleció el 16 de mayo de 1703). Escribió obras, tales como: fue un escritor francés Comparación entre antiguos y modernos, un alegato en favor de los escritores "modernos" y en contra de los tradicionalistas y el poema El siglo de Luis el Grande . Sin embargo la fama le llego por su libro Cuentos de mamá ganso que significó el inicio de un nuevo estilo de literatura: Los Cuentos de Hadas.
Para sus relatos, Perrault recurrió a paisajes y Castillos, que le eran conocidos, para situar la trama de sus cuentos.

Cuentos de Perrault V

La Bella Durmiente

El Rey la reina y bella durmiente Hace mucho tiempo, había un rey y una reina, que tenían una gran tristeza, porque no tenían hijos. Fueron a tomar aguas de todo el mundo, hicieron votos, emprendieron peregrinaciones, pero no lograron ver sus deseos realizados, hasta que, un día, se quedó en cinta la reina y dio a luz una hija. La esplendidez de la niña era indescriptible.
Los reyes, deseaban bautizarla y buscaron en su reino a todas las hadas, para que fuesen sus madrinas y le concediesen algún don especial. Encontraron a 7 hadas en el reino.
Después de la ceremonia del bautismo, todos fueron a palacio, en donde se había dispuesto un gran festín para las hadas. Delante de cada una, se puso un magnífico cubierto con un estuche de oro macizo, en el que había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, guarnecido de diamantes y rubíes.
En el momento sentarse a la mesa, vieron entrar una vieja hada que no había sido invitada, debido a que durante más de cincuenta años no había salido de una torre y se la creía muerta o encantada.
Mandó el rey que le pusieran cubierto, pero no hubo medio darle un estuche de oro macizo como a las otras, porque sólo se había ordenado construir siete para las siete hadas. Creyó la vieja que se la despreciaba y gruñó entre dientes algunas amenazas. Una de las hadas jóvenes que estaba a su lado, la oyó, y temiendo que concediese algún don dañino a la princesita, en cuanto se levantaron de la mesa fue a esconderse detrás de un tapiz para hablar la última y poder reparar hasta donde le fuera posible el daño que hiciera la vieja.
Comenzaron las hadas a conceder sus dones a la recién nacida. La más joven, dijo que sería la mujer más hermosa del mundo; la que la siguió añadió que sería buena como un ángel; gracias al don de la tercera, la princesita debía mostrar admirable gracia en cuanto hiciere; bailar bien, según el don de la cuarta; cantar como un ruiseñor, según el de la quinta, y tocar con extrema perfección todos los instrumentos, según el de la sexta. Le llego la vez a la vieja hada y temblándole la cabeza más a impulsos del despecho que de la vejez, dijo:
- La princesita se pinchara en la mano con un huso y morirá de la herida
.
Este terrible don a todos estremeció y no hubo quien no llorase. Entonces, salió de detrás del tapiz la joven hada y pronunció en voz alta estas palabras:
- Tranquilizaros rey y reina; vuestra hija no morirá de la herida. Verdad es que no tengo bastante poder, para deshacer del todo lo que ha hecho mi compañera. La princesa se herirá la mano con un huso, pero, en vez de morir, sólo caerá en un sueño tan profundo que durará cien años, al cabo de los cuales vendrá a despertarla el hijo de un rey.
El rey, deseaba evitar la desgracia anunciada por la vieja hada y para ello, mandó publicar un edicto prohibiendo hilar con huso, así como guardarlos en las casas, bajo pena de muerte.
Transcurrieron quince o diez y seis años, y cierto día el rey y la reina fueron a una de sus posesiones de recreo; y sucedió que corriendo por el castillo la joven princesa, subió de cuarto en cuarto hasta lo alto de una torre y se encontró en un pequeño desván en donde había una vieja que estaba ocupada en hilar su rueca, pues no había oído hablar de la prohibición del rey de hilar con huso.
-¿Qué hacéis, buena mujer? - le preguntó la princesa.
Estoy hilando, hermosa niña!,- le contestó la vieja, que no conocía a la que la interrogaba.
Qué curioso es lo que estáis haciendo!,-exclamó la princesa- . ¿Cómo manejáis esto? Dádmelo, quiero ver, si yo sé hacerlo.
Como era muy vivaracha, en cuanto hubo cogido el huso, se hirió con él la mano y cayó como muerta.
La vieja asustada, comenzó a dar voces pidiendo socorro. De todas partes acudieron, rociaron con agua la cara de la princesa, le desabrocharon el vestido, le dieron golpes en las manos, le frotaron las sienes con agua bendita, pero nada era bastante para hacerla volver en sí.
El rey sintió el estruendo y los gritos, presto corrió al desván, acordándose de la predicción de las hadas, y reflexionando que lo sucedido era inevitable, puesto que las hadas lo habían predicho; dispuso que la princesa fuera llevada a un hermosa sala del palacio y colocada en una cama con adornos de oro y plata. Tan hermosa estaba, que cualquiera al verla hubiera creído estar viendo un ángel, pues su desmayo, no la había hecho perder el vivo color de su tez. Tenia las mejillas sonrosadas y los labios parecían coral. Sólo tenía los ojos cerrados, pero se la oía respirar dulcemente, lo que demostraba que no estaba muerta.
El rey ordeno que la dejaran dormir tranquila hasta que llegara la hora de su despertar. Cuando la princesa, se pincho con el huso, la buena Hada, que le había salvado la vida condenándola a dormir cien años, estaba en el reino de Pamplinga, que distaba de allí doce mil leguas, pero se entero casi al instante, pues se lo comunico un enano que calzaba unas botas mágicas de siete leguas. La hada, llego inmediatamente en un carro de fuego tirado por dragones. El rey, fue a ofrecerle la mano para ayudarle a bajar del carro y la Hada dijo, que cuando la princesa despertara se encontraría muy sola en el castillo y para evitarlo hizo:
Excepto al rey y la reina, tocó con su varita a todos los que se encontraban en el castillo, ayas, damas de honor, camareras, gentiles-hombres, oficiales, mayordomos, cocineros, recaderos, guardias, pajes y lacayos; también tocó los caballos que había en las cuadras y a los palafraneros, a los enormes mastines del corral y a la diminuta Tití, que era su perrita y siempre estaba cerca de la princesa, la puso en la cama, a su lado.
Cuando hubo tocado a todos, se durmieron profundamente y no despertaran hasta que despierte la princesa, con lo cual estaran dispuestos a servirla cuando lo necesite. También se durmieron los asadores que estaban en la lumbre llenos de perdices y de faisanes, e igualmente quedó dormido el fuego. Todo esto se hizo en un momento, pues las hadas necesitan poco tiempo para hacer las cosas.
El rey y la reina, dbesaron a su hija sin que despertara y salieron del castillo. El rey ordeno publicar un edicto prohibiendo que ninguna persona, fuese cual fuere, su condición, se acercara al castillo. No era necesaria la prohibición, pues en un instante brotaron y crecieron un número extraordinario árboles grandes, pequeños rosales silvestres y espinosos, de tal manera entrelazados, que ningún hombre ni animal hubiera podido pasar; de manera que sólo se veía lo alto de las torres del castillo, y aun era necesario mirarle de muy lejos. Nadie dudó de que la Hada, había echado mano de todo su poder, para que ningún curioso molestara a la princesa mientras dormía.
Pasados cien años, el hijo de un rey, fue a cazar al bosque y preguntó que eran las torres que veía en medio del espeso ramaje. Cada cual le contesto una cosa, según lo que había oído; unos le dijeron que aquello era un viejo castillo poblado de almas en pena y otros que todas las brujas de la comarca se reunían en él los sábados. Según la opinión más generalizada, moraba en él un ogro, que se llevaba al castillo todos los niños de que podía apoderarse para comerlos, sin que fuera posible seguirle, puesto que sólo a él estaba reservado el privilegio de pasar por entre la maleza.
No sabía a quien dar crédito el príncipe, cuando un viejo campesino habló y le dijo:
- ¿Príncipe, hace más de cincuenta años, oí contar a mi padre que en aquel castillo, se encuentra la princesa más bella del mundo, que esta dormida desde hace 100 años y solo podrá despertarla el hijo de un rey que la tome por esposa?.
Al oír estas palabras, el joven príncipe, sintió que la llama del amor brotaba en su corazón, y sin duda al instante creyó que daría fin a aventura tan llena de encantos. Impulsado por el amor y el deseo de gloria, resolvió saber en el acto si era exacto lo que el campesino le había dicho, y apenas llegó al bosque, todos los los árboles, los rosales silvestres y los espinos se separaron para abrirle paso. Caminó hacia el castillo, que veía al extremo de una larga alameda, en la que penetró, quedando muy sorprendido, al observar que los de su comitiva no habían podido seguirle porque los árboles volvían a recobrar su posición natural y a cerrarse a su paso. No por eso dejó de continuar su camino, pues un príncipe joven y enamorado siempre es valiente. Penetró en un extremo del patio del castillo, y el espectáculo que a su vista se presentó era capaz de helar de miedo. El silencio era espantoso; en todas partes se veía la imagen de la muerte y la mirada tropezaba con cuerpos de hombres y animales que parecía estaban privados de vida; pero se fijo en la nariz de berenjena y en los encendidos carrillos de los guardas suizos, para comprender que sólo estaban dormidos; además, los vasos, en los que sólo se veían restos de vino, decían que se habían dormido bebiendo.
Atravesó otro gran patio con pavimento de mármol; subió la escalera y entró en la sala de los guardias, que estaban formando hilera con el arcabuz al hombro y roncando ruidosamente. Cruzó varios aposentos llenos de gentiles hombres y de damas, de pie los unos, sentados los otros, pero todos durmiendo. Penetró en una cámara completamente dorada y vio en una cama, con los cortinajes abiertos, el más hermoso espectáculo que a su mirada se había presentado: una princesa, que parecía tener quince o diez y seis años y cuya deslumbradora belleza tenía algo de luminosa y divina. Se aproximo a ella temblando y admirándola y se arrodilló al pie de la cama.
Había llegado la hora en que debía tener fin el encantamiento, la princesa despertó; y mirándole con tiernos ojos, le dijo:
El principe y la bella durmiente -¿Sois vos, príncipe mío? ¡Cuánto os habéis hecho esperar!
El príncipe, estaba muy confuso, pero se había enamorado y no tardo mucho tiempo en declararle su amor. Hablaron mucho tiempo y no se dijeron la mitad de las cosas cariñosas, que querían decirse.
El encantamiento del palacio cesó al mismo tiempo que el de la princesa, y cada cual pensó en cumplir con sus deberes; pero como no todos estaban enamorados, su primera sensación fue la del hambre, que sensiblemente les aguijoneaba. La dama de honor, hambrienta como las demás, se impacientó y dijo a la princesa que la comida estaba servida. El príncipe la ayudó a levantarse. Estaba vestida con mucha magnificencia.
Pasaron a un salón con espejos y en él cenaron servidos por los camareros de la princesa. Los músicos tocaron con los violines y oboes del palacio, antiguas piezas, pero muy bonitas, por más que hiciera cien años que nadie las tocaba y después de haber cenado, se casaron en la capilla del castillo.
Al día siguiente, el príncipe, volvió a la ciudad en donde su padre debía estar preocupado por su ausencia. Le dijo que cazando se había perdido en el bosque y había pasado la noche en la choza de un carbonero que le había dado pan negro y queso para cenar. El rey su padre, que era muy bonachón, le creyó, pero no del todo su madre al ver que casi todos los días iba a cazar y que siempre tenía una excusa a mano cuando pasaba fuera dos o tres noches, y supuso que se trataba de amores. El príncipe vivió con la princesa más de dos años y tuvo con ella dos hijos; una niña llamada Aurora, y el segundo un niño, al que pusieron por nombre Día, pues aun parecía más hermoso que su hermana.
La reina hizo varias tentativas para que su hijo le revelara su secreto, pero el príncipe no se atrevió a confiárselo, porque si bien la amaba, procedia de la raza de ogros, a pesar de lo cual el rey se había casado con ella, porque su fortuna era grande. Además, se murmuraba en la corte, pero en voz muy baja, que tenía las inclinaciones de los ogros y que, al ver pasar los niños, con mucha dificultad lograba contener el deseo de devorarlos. A esto, se debió que el príncipe nada le dijera.
Al cabo de dos años murió el rey, y al subir su hijo al trono, declaró públicamente su matrimonio y fue con gran ceremonia a buscar a la reina su esposa a su castillo. La recepción que le hicieron en la ciudad, que era la capital, cuando se presentó con sus dos hijos, fue magnífica.
Algún tiempo después, el príncipe tuvo que ir a la guerra contra su vecino, el emperador Cantagallos y confió la regencia a la reina madre, le recomendandole que cuidara mucho de su mujer y sus hijos. La malvada reina madre, envió a su nuera y nietos a una casa de campo que había en el bosque, para poder satisfacer con mayor libertad sus horribles apetitos. Algunos días después, fue a la casa de campo y por la noche dijo a su mayordomo:
- ¡Mañana quiero comerme a Aurora!.
- ¡Ah! señora..., exclamó el mayordomo.
- ¡La quiero!,- contestó la reina, con tono de ogra que desea devorar carne fresca - ¡y quiero comerla en salsa picante!. El mayordomo hombre comprendió que no había que andarse con bromas con la ogra; tomó un enorme cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora. Tenía entonces cuatro años, y al verle, corrió hacia él saltando y riendo, le abrazó y le pidió un caramelo. El mayordomo se puso a llorar, se le escapó el cuchillo y bajó al corral, degolló un cordero y lo aderezó con una salsa tan rica que la reina le dijo que nunca había comido cosa mejor. Al mismo tiempo, el mayordomo llevó la pequeña Aurora, donde su mujer para ocultarla en su casa, que estaba situada a un extremo del corral.
Ocho días después, aquella mala reina, dijo a su mayordomo:
Para cenar, quiero comerme a mi nieto Día!.
El mayordomo no replicó, porque ya tenía formado el propósito de engañarla como la otra vez. Fue en busca del niño y lo encontro jugando con un diminuto florete en la mano, pues sólo tenía tres años. Lo llevo a su casa y le dijo a su mujer que lo ocultara junto con Aurora. El mayordomo, sirvió a la reina madre un cabritillo muy tierno, que halló sabrosísimo.
Una tarde, aquella perversa ogra dijo al mayordomo:
- ¡Quiero comerme a la reina, aderezada en salsa picante, lo mismo que sus hijos!.
El mayordomo, se quedo pensativo, pues ya no sabia como engañarla. La joven reina tenía veinte años, sin contar los cien que había pasado durmiendo; el pobre mayordomo, no encontraba ninguna res, cuyas carnes fueran semejantes a las de una princesa de tan extraña edad. El mayordomo, para salvar su vida, tomo la resolución de degollar a la reina y subió a su cuarto con la intención de realizar su propósito. Mientras subía se excitaba a la ira y entro puñal en mano. No quiso cogerla de sorpresa, y con mucho respeto, le dijo cuál era la orden que le había dado la reina madre.
- ¡Cumple tu deber!, -contesto ella tendiéndole el cuello- ¡ ejecuta la orden que te han dado y volveré a ver mis hijos, a mis pobres hijos, a quienes amaba tanto!. Desde que se los habían quitado sin decirle nada, la reina les creía muertos.
No, no, señora!,- exclamó el pobre mayordomo muy conmovido;- ¡no moriréis, pero no por eso dejaréis de ver a vuestros hijos, pues los veréis en mi casa en donde les he ocultado; y de nuevo engañaré a la reina sirviéndola una corza en vuestro lugar!. El mayordomo, llevo a la reina a su casa, para que abrazara a sus hijos, mientras él se fue a guisar la corza, que la ogra se comió a la cena, con el mismo apetito que si hubiese sido la reina. La reina madre, estaba muy satisfecha de su crueldad y se disponía a decir al rey, cuando regresara, que los lobos hambrientos se habían comido a su mujer y sus hijos.
Cierta noche, la reina madre, rondaba por los patios y corrales del castillo por si olfateaba carne fresca, oyó que su nieto lloraba, porque su madre le había castigado y también oyó la vocecita de Aurora, que pedía perdón para su hermano. La ogra, reconoció la voz de la reina y de sus dos hijos, y llena de ira por haber sido engañada, ordenó al amanecer del día siguiente, con acento tan espantoso que todo el mundo temblaba, que pusieran en medio del patio un enorme tonel que hizo llenar de sapos, víboras, culebras y serpientes para arrojar en él a la reina, sus hijos, al mayordomo, su mujer y su criada, mandando que los trajeran con las manos atadas a la espalda.
Los verdugos, estaban prestos a echarlos en el tonel, cuando de pronto entro el rey a caballo. Preguntó qué significaba aquel horrible espectáculo y nadie se atrevío a contestarle. La ogra, furiosa, al ver lo que pasaba se arrojó de cabeza al tonel y en un instante fue devorada por los asquerosos reptiles que había mandado echar dentro. El rey no dejó de sentir disgusto, pues era su madre, pero pronto se consoló con su hermosa mujer y sus hijos.
Moraleja
Cosa por demás sabida
es que el esperar no agrada,
pero el que más se apresura
no es el que más trecho avanza,
que para hacer ciertas cosas
se requiere tiempo y calma.
Cierto que esperar un novio
cien años, espera es magna;
pero la historia, amiguitos,
es historia ya pasada.
Como el casarse es asunto
de muchísima importancia,
pues sólo la muerte rompe
los lazos que entonces se atan,
más vale esperar un año
y traer la dicha a casa,
que no anticiparse un día
y traerse la desgracia.



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Pulgarcito

Pulgarcito y sus Hermanos en el Bosque Había una vez en un país lejano, un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones; el mayor tenia 10 años y el menor 7 años. Nos sorprenderá, que en tan corto intervalo de tiempo, tuvieran tantos hijos, pero casi todos eran gemelos, por ello, nada hay que extrañar.
El matrimonio era muy pobre y sus siete hijos aumentaban su pobreza, pues ninguno de ellos se hallaba en edad de ganarse la subsistencia.
El menor, era muy pequeño, de complexión muy delicada, jamás pronunciaba palabra alguna y le llamaban Pulgarcito, porque cuando nació, era poco más grande que el dedo pulgar.
Pulgarcito, llevaba la carga en la casa paterna y de todo malo le daba la culpa, pero como era el más listo de sus hermanaos hablaba poco, escuchaba mucho y aprendía rápido.
Las desgracias nunca llegan solas y vino un año muy duro, había una gran hambruna y en la casa del leñador no quedaba nada que comer. Con mucho dolor de corazón, el pobre matrimonio, resolvió deshacerse de sus hijos, antes de verlos morir de hambre. Una noche, cuando los niños ya estaban acostados, se sentó el leñador cerca de su mujer al calor de la lumbre y le dijo, con el corazón oprimido por el dolor:
Ya lo ves! Ya no nos es posible mantener a nuestros hijos y como no puedo soportar a verles morir de hambre aquí, estoy resuelto a llevarles mañana al bosque para que se extravíen y quizás puedan sobrevivir. He pensado que podemos abandonarlos en un bosque lejano, cuando estén ocupados en hacinar leña, escapamos sin que se den cuenta y ya no podrán regresar a casa.
Dios mío! - exclamó la mujer, ¿serías capaz de hacer tal cosa con tu hijos?
En vano su esposo le expuso razones y explico su extremada miseria, pues no hubo forma de convencerla, porque si bien era pobre, era madre. Pero la realidad manda y pronto pudo comprobar cuán horrible era su dolor, al ver que casi se morían de hambre. Sin más remedio, acepto la proposición que había hecho su marido y llorando fue a acostarse.
Pulgarcito escucho todo lo que sus padres se proponían, pues al oírlos hablar se levanto de la cama y se escondió debajo del taburete donde estaban sentados, para escucharlos sin ser visto. Volvió a meterse en cama, pero no pudo dormir en toda la noche pensando en lo que debía hacer. Se levanto muy temprano y fue a orillas de un arroyo, llenándose los bolsillos de piedrecitas blancas y luego volvió a su casa. Poco después salieron todos, pero Pulgarcito, no comento nada a sus hermanos de lo que había escuchado.
Los llevaron a un bosque muy espeso, que no permitía ver nada a diez pasos de distancia. El leñador, se puso a cortar madera y ordeno a sus hijos a recoger ramas secas y atarlas en manojos. Cuando sus padres les vieron ocupados trabajando, se alejaron de ellos insensiblemente y luego echaron a correr, escapando por un sendero medio oculto.
Al notar los niños que estaban solos, comenzaron a gritar y a sollozar con todas sus fuerzas. Pulgarcito, les dejaba gritar porque sabía cómo regresarían a su casa, pues al ir al bosque había dejado caer durante todo el camino las piedrecitas blancas que tenía en el bolsillo.
Pulgarcito y sus Hermanos en el Bosque- ¡No tengais miedo hermanos! - les dijo Pulgarcito-. Nuestros padres nos han dejado aquí, pero yo os llevaré a casa si queréis seguirme.
Echaron a andar tras él y les llevó delante de su casa siguiendo el mismo camino que habían recorrido para ir al bosque. Al principio no se atrevieron a entrar, pero todos pegaron sus cabecitas a la puerta para oír lo que decían sus padres.
Al llegar el leñador y la leñadora a su casa, el señor de la aldea les envió diez escudos que les debía de mucho tiempo con los cuales ya no contaban. La cantidad devolvioles la vida, pues los infelices se morían de hambre. El leñador despachó inmediatamente a su mujer a la carnicería, y como hacía días no habían comido, compró tres veces más carne de la necesaria para la cena de dos personas. En cuanto estuvieron ahítos, la leñadora dijo:
Dios mío! ¿Dónde estarán nuestros hijos? ¡Con qué apetito comerían lo que ha sobrado! Tú eres quien ha querido perderlos, Guillermo, a pesar de decirte que nos arrepentiríamos. ¡Virgen santa! ¡Tal vez los lobos los hayan comido! ¡Que cruel has sido, al querer deshacerte de tus hijos!
El leñador acabó por enfadarse, pues su mujer repitió más de veinte veces que se arrepentirían de lo hecho, y la amenazó con pegarla si no callaba. Era tan grande el arrepentimiento y dolor del leñador como el de su esposa, pero su pena aumentaba con las recriminaciones. Además, aceptaba que su mujer le diese un consejo a tiempo, pero le desagradaba que le recriminase cuando la cosa ya no tiene remedio.
La leñadora estaba anegada en llanto y repetía: - ¡ Dios mío! ¿Dónde están mis pobres hijos?
Una vez pronunció con tanta fuerza estas palabras, que las oyeron los niños que estaban arrimaditos a la puerta, y comenzaron a gritar todos a tiempo:
- ¡ Mama, Mamaaah..Estamos aquí! ¡Estamos aquí!
La madre corrió como loco y al abrir la puerta; y los abrazo:
Hijos míos; cuanta alegría me da el veros! ¡Estáis muy cansados y tenéis hambre!.
Dios mío, Pedrin, estás embadurnado de barro!. ¡Voy a limpiarte!.- Dijo la madre.
Pedrin, era el mayor de los hermanos y el más querido por ella, tenía el pelo de color rojizo, como ella. Se sentaron a la mesa, y devoraron la comida, mientras les contaban a sus padres, el miedo atroz que habían pasado en el bosque. Los padres estaban locos de alegría al verles a su lado, pero las penurias seguían y la alegría duró tanto como los diez escudos; y nuevamente determinaron deshacerse de sus hijos, proponiéndose de llevarles a un bosque más lejos, para que les fuese imposible regresar a casa.
Sigilosamente definieron el plan para abandonarlos, pero Pulgarcito, logro escucharlo. De madrugada, se levanto para ir a recoger piedrecitas blancas, pero la puerta estaba cerrada con llave. El padre, les dio un pequeño pedazo de pan a cada uno y Pulgarcito, decidió reemplazar las piedrecitas, por pequeñas migas que iba; dejando caer por donde pasaban; esperando que le sirviesen de guía para el regreso.
Cuando estaba en lo más espeso de aquel lejano bosque, sus padres escaparon, dejándolos nuevamente abandonados. Pulgarcito, creía poder encontrar con facilidad el camino de vuelta, siguiendo las migas que había ido dejando caer por donde había pasado; pero los pájaros se lo habían comido y ya no tenían guía para regresar.
Empezaron a andar, pero cuanto más andaban, más se extraviaban por el interior del bosque. Llegó la noche, era fría, muy oscura y soplaba un fuerte viento, al rato empezó a llover; el lejano aullido de de los lobos les llenó de miedo y pensaban que pronto vendrían a devorarlos. A cada paso que daban resbalaban y siempre volvían al mismo sitio.
Pulgarcito, se encaramo a lo alto de un árbol para examinar los alrededores y lejos, muy lejos, más allá del bosque, vio una lucecita semejante a la de una vela. Bajó del árbol, y empezaron a caminar en la dirección de la lucecita, al cabo de un buen rato consiguieron salir del bosque y dirigieron hacia la lucecita, pronto apreciaron que la luz salía de una casa.
Llegaron a la casa y llamarón. Les abrió la puerta una mujer y les pregunto que querían. Pulgarcito le dijo que eran unos pobrecitos niños que se habían extraviado en el bosque y la rogaban les acogiese esa noche. La mujer, sintió pena de ellos y comenzó a llorar, mientras les decía:
- ¡Ayyy... pobres niños! ¿Dónde habéis venido? ¿Esta es la casa de un Ogro que se come a los niños?
Al oír estas palabras, Pulgarcito, que lo mismo que sus hermanos se puso a temblar como hoja de árbol, exclamó:Pulgarcito y el Ogro
Dios mío! ¿Qué vamos a hacer?. Si no queréis darnos acogida en vuestra casa, seguro que los lobos del bosque nos comerán; y como no escaparíamos de sus dientes, preferimos que nos coma el Ogro, quizás, tal vez, se compadezca de nosotros si Vd. se lo ruega.
La mujer del Ogro, sintió compasión de ellos y se arriesgo a darles cobijo, ocultándolos del ogro. Pulgarcito y sus hermanos, estaban tiritando de frio y la mujer del ogro, les permitió acercarse a una gran lumbre, en la que se estaba asando un carnero para la cena del Ogro.
Cuando se estaban calentando, resonaron tres o cuatro golpes dados con fuerza en la puerta. Era el Ogro que volvía. Inmediatamente su mujer hizo ocultar a los niños debajo de la cama y fue a abrir la puerta. Lo primero que preguntó el Ogro fue si la cena estaba dispuesta y si había vino, y luego se sentó a la mesa. El carnero estaba a medio asar, pero esta circunstancia lo hizo más apetitoso para el Ogro. Olía a derecha e izquierda y decía que por allí había carne fresca.
- Hueles ese carnero que he preparado - le dijo la mujer.
- Huelo carne fresca, huelo carne fresca, - repitió el Ogro mirando a su esposa- y hay en casa algo que no veo.
Al decir estas palabras se levantó de la mesa y se fue hacia la cama.
- ¡Ah! - exclamó el ogro- ¡querías engañarme, mujer maldita! No sé por qué no te como a ti también, pero te salva el estar tan dura. Tengo a estos niños que son carne fresca, para obsequiar a tres ogros amigos míos, que deben venir a verme uno de esos días.
El ogro, sacó debajo de la cama a los niños, uno tras otro, y las pobres criaturas se arrodillaron pidiéndole perdón; pero tenían que vérselas con el más cruel de los ogros, quien lejos de sentir piedad por ellos, ya les estaba devorando con los ojos y decía a su mujer que constituirían un plato exquisito, cuando les hubiese aderezado con una buena salsa.
El ogro, fue a buscar de un buen cuchillo y se acercó otra vez a los niños, afilándolo con una larga piedra que sostenía con la mano izquierda. Tenía ya asido un niño cuando su mujer le dijo:
- ¿Qué quieres hacer a esta hora? ¿No quedará tiempo mañana?
- ¡Cállate!,- gritó el Ogro- ¡si espero a mañana, peor para ellos, pues pasarán una noche de miedo!.
- ¡Te haría daño tanta carne, - replicó la mujer- pues tienes una ternera, dos carneros y la mitad de un cerdo!.
- Es verdad,- dijo el Ogro-. Dales cena abundante, para que no enflaquezcan y llévales a la cama.
La mujer del ogro les dio una buena cena, pero el pánico no les permitió a los niños probar bocado. El Ogro se puso a beber y beber vino; estaba muy contento, porque tenía carne fresca con que obsequiar sus amigos, apuró una docena de vasos más que de costumbre y termino con una gran borrachera, que le obligo a acostarse y pronto empezó a roncar.
El Ogro, tenía siete hijas de corta edad, muy grandotas y feas. Las habían acostado temprano y las siete dormían en una cama muy ancha, cada una con una corona de oro en la cabeza. En el cuarto, había otra cama tan grande como la primera, y en ella acostó la mujer del Ogro a los niños y se fue a dormir.
Pulgarcito, había observado que las hijas del Ogro llevaban coronas de oro, y temiendo que el ogro se arrepintiese de no haberles degollado, se levantó a eso de media noche, y tomando los gorros de dormir de sus hermanos y el suyo, se acerco de puntillas a la otra cama, les puso con sumo cuidado los gorros a las siete hijas del Ogro, después de haberlas quitado las coronas de oro, que colocó en la cabeza de sus hermanos y en la suya para que el Ogro les tomara por sus hijas, y a éstas por los niños a quienes quería degollar. El resultado, fue tal como había pensado Pulgarcito, pues el Ogro despertó a eso de media noche y arrepentido de haber aplazado para el día siguiente, lo que pudo hacer la víspera; saltó bruscamente de la cama, y empuñando un gran cuchillo dijo:
- Vamos a ver cómo están estos chiquillos y demos buena cuenta de ellos.
Subió a tientas al dormitorio de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los niños, que dormían todos, excepción hecha de Pulgarcito; que sintió mucho miedo, cuando el Ogro le tocó la cabeza, después de haber hecho lo mismo con sus hermanos. El Ogro, al tocar las coronas de oro, dijo:
- ¡Iba a cometer una locura, ayer bebí demasiado!.
Se fue a la otra cama, y cuando toco los gorros de dormir de los niños, susurro:
Ah! ¡Ah! Aquí están los chiquillos. Vamos a la obra.
Al decir estas palabras degolló sin vacilar a sus siete hijas, y muy satisfecho volvió a acostarse.
En cuanto Pulgarcito oyó los ronquidos del Ogro, despertó a sus hermanos y les dijo que se vistieran sin perder momento y le siguieran. Bajaron sin meter ruido al jardín y saltaron la tapia, corriendo toda la noche, siempre temblando y sin saber a dónde iban.
Habiendo despertado el Ogro, dijo a su mujer:
Ve a arreglar a los chiquillos de ayer noche!. La Ogra, sorprendida por la bondad de su marido, no sospechaba de qué manera quería que arreglase a los niños. Creyó de buena fe, que se trataba de vestirles y fuese al cuarto, donde vio a sus siete hijas degolladas y nadando en un mar de sangre. Ante tal espectáculo cayó sin sentido, y en vista de su tardanza, subió el Ogro, para enterarse de lo que ocurría. Su asombro, no fue menor que el de la esposa, al encontrarse delante de si sus siete hijas degolladas.
-¿Qué he hecho, Dios mío? ¿Qué he hecho, Dios mío?- rugía el ogro.
Me las pagarán! ¡Me las pagarán esos desgraciados!- continuaba clamando el ogro.
El ogro, echo agua en la cara de su mujer, que recobró el sentido, y le ordeno:
- ¿Dame mis botas de siete leguas, para que pueda atraparles?.
El ogro furioso salió de casa clamando venganza, y corrió en todas direcciones en busca de los niños, finalmente tomó un camino, que era el que seguía Pulgarcito y sus hermanos, que sólo distaban unos cien pasos de la casa de sus padres. Vieron al Ogro, que pasaba de una montaña a otra montaña y atravesaba los ríos con tanta facilidad como si hubieran sido arroyos. Pulgarcito, busco un lugar donde esconderse y de pronto vio una gran roca y en su base había un pequeño agujero, que daba a un cueva; donde se cobijaron Pulgarcito y sus hermanos. El Ogro, estaba ya muy cansado, de tanto caminar y se sentó en la roca bajo la cual se se hallaban escondidos Pulgarcito y sus hermanos y pronto empezó a roncar con fuertes resoplidos. Pulgarcito , ordeno a sus hermanos que saliesen de la cueva y se fueran a casa de sus padres, pues se encontraban muy cerca de ella.
Pulgarcito se acercó al Ogro, y le quito las botas con mucho cuidado y se las puso. Las botas eran mágicas y al momento, se adaptaron a los pies de Pulgarcito, que ahora podía dar zancadas de siete leguas.
Pulgarcito, pensó que podía hacer con aquellas botas mágicas de siete leguas. Acudió a la Corte del Reino y le mostro al Rey, las cualidades mágicas de las botas de siete leguas. El rey lo contrato para hacer de correo correo con sus ejércitos y transmitir noticias urgentes, ganando mucho dinero, que le permitió volver a la casa de sus padres y convertir la situación de miseria en que había nacido, en una acomodada y feliz familia.

Moraleja
La miseria no os abata
ni os amilanen las penas,
que los días buenos vienen
tras los días de tristeza.
Para dejar de este cuento
completa la moraleja,
os diré que Pulgarcito
objeto fue de la befa
de todos, porque callado
y muy raquítico era;
y con serlo, a su familia
libró de extrema miseria
salvando a sus hermanitos
del Ogro, de aquella fiera.
De nadie os moféis, de nadie,
que muchas veces alienta
dentro un raquítico cuerpo
una alma grande y bella.


Jaimito: Cuentos de Perrault V





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